La Rioja

Literatura y siglo XXI

No es una ocurrencia, pretende ser una catacresis, con perdón. Y es que la posición que ocupa la literatura en nuestra sociedad se podría ver a través de la importancia que le ha dado la televisión en los últimos 30 años. Desde aquellos «A fondo» de Joaquín Soler Serrano a Sánchez-Dragó, tanto en TVE como luego ya en Tele-Madrid, y ahora «Paginados», en la 2. Sin ánimo de caer en la nostalgia hemos pasado del respeto a la palabra escrita a algo así como una terapia ocupacional. Se me ocurre aquello de que a la filosofía la devoró la ética, a ésta la moral; a la moralina el libre mercado y a éste la publicidad. De nada vale que Gustavo Bueno, prendido histéricamente a la gnoseología, se autoproclamase el último filósofo. La filosofía quedó muy malherida con la muerte de Dios y Wittgenstein; luego se diluyó en miriápodas.

Quizá para abordar un poco todo esto quepa plantear primero el trato que los políticos le dan a las humanidades en los planes de estudios. No hace mucho José Ignacio Wert señaló como prioridad que había que formar alumnos competitivos, que no eligieran carrera según su vocación. En la misma dirección va la eliminación de la filosofía y de las horas de ciencias y su sustitución por materias instrumentales: informática, robótica, economía del turbo-liberalismo, diseño, etc. Hasta casi el final del siglo pasado, este profesor, propiciaba encuentros literarios con sus alumnos: Alberti -en 1983-, Torrente Ballester, Martín Gayte, Caballero Bonald, Claudio Rodríguez, etc., precisamente porque podían caer en selectividad. Se les estudiaba primero y ellos mismos les entrevistaban.

Hasta los años ochenta imperaba la literatura experimental, compleja y llena de estratos, como el ser humano. El que suscribe recuerda un número de la revista «Camp de l'arpa» -julio de 1979: «La narración sigue contando» -en el que Savater, Azúa, Torres Oliver, Javier Marías, etc., reivindicaban el contar bien historias, sin más, frente a tanto experimentalismo. Stevenson y Mark Twain, nada menos, frente a tanto Joyce, Musil y Hermann Broch. Reivindicaban la liviandad. Todo el mundo sabe que el gran siglo de la literatura va de la segunda mitad del XIX a la primera del XX. Luego se va imponiendo el cine y ahora sólo tenemos espectáculo: los deportes, las series y los selfies. Hasta los años ochenta todavía coleaban escritores-artistas que soñaban con la gran obra, Buero Vallejo, Antonio Saura o Marcel Broodthaers, actualmente en el Reina Sofía. De ahí, poco a poco, se fue derivando hacia la literatura de género y consumo; de ahí al best-sellerismo. Luego están los premios, de los que recela ya cualquier lector (un tercio de la población no lee). El Planeta se da por encargo, te dicen, pero es que, por ejemplo, en 2015 en Nadal, el Anagrama y el Biblioteca Breve recayeron en autores de las respectivas editoriales. Lo saben muy bien las agentes literarias, que para eso han venido.

¿Y las redes? Claro que ahí todo el que quiera puede publicar e incluso editarse pero, claro, eso es la plaza pública. El que tiene un mínimo de pudor y estima por su gusto, se abstiene. Es un galimatías, es el caso del tonto y la tiza: salen poetas y escritores hasta debajo de las piedras pero ahí se quedan, claro. Es lo que tiene la alfabetización.

Ante semejante panorama, cuando se editan libros importantes, que los sigue habiendo, caen al torrente como los lemmings desde el precipicio. Me arriesgaré: Limonov, de Carrère; El hombre que amaba a los perros, de Padura, Días felices en el infierno, de Faludy, El compromiso, de Dovlâtov, no los detecta el público porque no se ha formado su gusto. Eso se cultiva en la enseñanza media -uno es de donde ha hecho el bachillerato- y leyendo suplementos o revistas literarias que nadie compra, Qué leer, Clarín. Hay que tener un mínimo de criterio porque, de lo contrario, ocurre lo de las aberraciones lingüísticas de cada día: «tenísticamente hablando», «frutas a comer y vinos a beber», «de motu propia». Si no se sabe que son monstruosidades, se repiten y adelante: como lo ha dicho la tele.

En fin, los tiempos tañen según la lira (la tele). Es lo que va de «A fondo» a «Paginados»; en medio quedan Sánchez-Dragó y Balbín.