La Rioja

El derecho a la alarma terrorista

Me vi mirando el cuchillo, modesto, de punta roma, para untar mantequilla. Daba, como mucho como para cortar aquella milanesa que me había servido una camarera seca, dura y afilada como un garrote en un bistro de la Avenue de Villiers en París. Las sirenas de los coches de la policía secreta que volaban por los bulevares tras los atentados aún no dejaban dormir a las palomas. Estaba sentado en una mesita pequeña y redonda cubierta con un mantel blanco, grueso y fresco al tacto, justo frente a la puerta. Con el cubierto en la mano, me sorprendí a mí mismo en el cálculo absurdo de trayectorias, velocidades y fuerzas necesaria para clavárselo en el cuello a un tipo que entrara por la puerta con un AK47 en el caso de que me diera esa opción. Me preguntaba por las posibilidades de reaccionar ante un ataque. Qué invisibles y extraños son los hilos que manejan el arrojo de las personas y que hacen que alguien escape del fuego o corra hacia él. Comer solo es un ejercicio intelectual impredecible, pero esa mañana comprendí que, de nuevo, vivía ante la amenaza del terror.

A los pocos días de aquello, volví a España y me sorprendieron los policías jugando a Candy Crush en las guardias frente a los cuarteles. España vivía de nuevo instalada en el dulce limbo en el que nunca pasa nada. Es extraño esta indolencia española teniendo en cuenta las décadas de terrorismo de ETA y los trenes retorcidos del 11M, pero era así. Cuando Europa volvió a temblar en Bruselas, preguntaban a un ministro si había posibilidades de que ocurriera en España y argumentaba que «no se podía alarmar a la población». Porque el ministro cree que él puede alarmarse, pero usted, no. Ahora se libra de nuevo una lucha por no crear una alarma sobre un posible ataque al tiempo que se blindan las cabalgatas y se buscan armas en la ciudad, entre ellas, varias pistolas y un AK47 en manos de presuntos terroristas adoctrinados que traficaron con drogas para comprar más fusiles, armas cortas y granadas. En este país existe la posibilidad cierta de que haya un atentado yihadista por mucho que la Policía sea una de las mejores preparadas del mundo, que lo es, y que haga más trabajo del que se pueda imaginar, que lo hace. En España puede suceder igual que sucedió en Bruselas o en París, pero allí se dice y aquí, no.

Nunca entendí eso de que no se puede alarmar a la población. La población es mayorcita, o debería serlo. Tras la manta del desconocimiento con la que nos intenta arropar de vez en cuando el poder late una concepción del mundo que considera al ciudadano un imbécil que no puede gestionar la realidad. No merece conocer el peligro al que se enfrenta porque, de alguna manera, no es capaz de procesarlo y de comportarse según su voluntad. Es curioso cómo desde algunos despachos se fomenta el miedo útil a algunos fantasmas ficticios y en cambio se silencian las amenazas reales. Disponer de la información necesaria y elaborar con ella un juicio crítico es una obligación y un derecho que debe ser reclamado por los ciudadanos. Si uno que acude a la Cabalgata de Reyes o a la oficina bajo el riesgo de que un tipo lo quite de este mundo en nombre de Alá, lo mínimo que merece es saberlo. Si uno puede morir, al menos que sea pensando por sí mismo.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate