La Rioja

LAS UVAS DEL MIEDO

La temprana vendimia no ha decepcionado a los catastrofistas, que siempre esperan lo peor, pero no tan pronto. Las ciudades estaban blindadas ante la Nochevieja y ante el nuevo día del año. 17.000 agentes habían sido desplegados en Estambul antes de que entrara un solo terrorista y se fuera por donde había venido después de asesinar, al menos, a 39 personas y dejar a 69 heridas de diversa gravedad. Ocurre siempre en los accidentes, que cada vez son menos accidentales: el número de fallecidos aumenta cuando van muriendo los heridos de mayor gravedad. La vida de cualquier persona no tiene precio porque el terrorismo nunca puja. Desde que los monos desnudos inventamos el arte de matar a distancia no es necesario el heroísmo y el sacrificio personal porque a los fanáticos les complace matar muriendo.

Quizá no debiéramos decir que han fracasado los blindajes a las ciudades porque ignoramos el destrozo humano que se hubiera causado si no se hubieran blindado. Todo es cuestión de números y en democracia no se puede acusar a nadie por ser sospechoso. Ni siquiera por no infundir la menor sospecha. Todos estamos vendidos, aunque desconocemos nuestro precio. Lo que sabemos es que las uvas de la noche última eran balas de espoleta retardada, dispuestas a explosionar el primer día del año. Mal acaba lo que mal empieza, pero nuestra única misión al venir al mundo es vivir una corta temporada, mejor o peor, pero a ser posible en paz y en gracia de los diversos dioses. La Policía de Madrid encontró el otro día un Kalashnikov, ese tartamudo mecanismo de matar que es el más elocuente que puede manejar una persona que odie a muchas otras. Es la primera operación contra islamistas con armas de asalto en España. Se cree que el ingenioso artefacto siniestro pertenece a dos jóvenes yihadistas. Pero vaya usted a saber quién se lo ha prestado. Quizá tenían que devolverlo después de matar, una vez comprobado su funcionamiento.

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