La Rioja

URBI ET ORBE

El pasado miércoles, 28 de diciembre, intenté entrar en el Vaticano. Me asomé por la columnata de Bernini y vi una cola que daba dos vueltas (¡dos vueltas!) a esa hermosa, gigantesca y fotogénica plaza redonda. La fila se movía lentamente, de una manera casi imperceptible, como una de esas orugas peludas de paso moroso que aparecen en los documentales. A bote pronto calculé tres horas de romería.

Las hordas de turistas japoneses, disciplinados como reclutas de un ejército, se arracimaban en torno a señoritas sonrientes que alzaban paraguas de colores y asumían la espera con una envidiable paciencia oriental y con esa pulsión fotográfica que los invade. Yo eché un vistazo panorámico, hice cuentas y me marché.

Regresé el jueves 29, a las cinco de la tarde, un día antes de regresar a España. La fila llegaba hasta el final de la primera columnata. Un policía se acercó y nos advirtió de que el ingreso se cerraba a las seis, pasase lo que pasase. Al fondo se veía un imponente cuello de botella: todo el mundo tenía que pasar por un control de seguridad. Había que dejar la mochila en un escáner, pasar por un arco que a veces pitaba y someterse luego al escrutinio de un agente de seguridad. Cuando el reloj de San Pedro dio la seis me pilló casi a la entrada. Pero llegó un policía, cerró la valla y dijo en voz alta, con aire fatigado, burocrático: chiuso.

La amenaza terrorista y el turismo de masas han acabado convirtiendo las grandes ciudades en parques temáticos: uno espera horas de pie, girando levemente como un derviche perezoso, para ver el Dragon Khan o para montarse en el Vaticano, tanto da, como si las curvas de la montaña rusa y las del baldaquino papal fueran extrañas representaciones del mismo fenómeno.

¿Merece todavía la pena?