La Rioja

EDITORIALES

Otra matanza en Turquía

Un terrorista mató a 39 personas en la Nochevieja de Estambul. Los muertos eran clientes de un distinguido club frecuentado por extranjeros y su pecado era el de ser ciudadanos de extracciones diferentes, turistas bastantes de ellos, que despedían el proceloso año 2016 a su manera. Pero el Daesh había decidido que los impíos debían morir, incluso en un país musulmán cuyo gobierno, islamista elegido y en el poder desde hace más de una década, parece dispuesto a afianzar institucional y socialmente los códigos musulmanes de conducta. En vez de entrar en el debate libre al respecto, el Daesh resolvió hacer su propia aportación al debate como suele: asesinando al prójimo. Por trágicamente repetido, el atentado confirma lo sabido: el Daesh, que pierde terreno sin cesar en Siria e Irak, obedece a su condición primera y explícita de fanática expresión de un islamismo ciego y arcaizante muy minoritario en el mundo musulmán, pero capaz de proceder cómo lo ha hecho el terrorista de Estambul. Es curioso, además, que en este caso su acción se exprese en un país cuyo gobierno parece tentado por una reforma constitucional que dé más visibilidad al islam como religión y modo de vida. Los terroristas no deben hacerse ilusiones en ese contexto: el Gobierno turco, empezando por el presidente Erdogan, no aceptarán jamás actuar bajo presión ni por chantajes terroristas. Con todo, el debate abierto con la aparición del radicalismo puritanista de un islam terrorista protegido en la visión de sus militantes por la bendición del Profeta no ha hecho más que empezar y el combate para su erradicación es y debe ser mucho más que simplemente militar. Pero eso es y debe ser seguir siendo compatible con éxitos policiales y militares como los que los eficientes servicios turcos alcanzan y volverán a alcanzar en este caso. Estambul, por lo demás, alimentada con su tradición multicultural y abierta ganará la batalla del júbilo de vivir un nuevo año contra una deplorable ceguera pseudoreligiosa.