La Rioja

Destierros turísticos

Es difícil imaginar en qué clase de jóvenes pensaba el ministro Dastis cuando describió la emigración juvenil como «apertura a nuevos horizontes». Seguramente en los mismos que inspiraron a Fátima Báñez el concepto de «movilidad exterior», otra feliz manera de decirlo. Cuando la neolengua se alía con la insensibilidad hacia los problemas del prójimo se acaban soltando estas cosas. Entre el niño enviado a estudiar inglés en un colegio de pago y el ingeniero que friega platos en un bar de Londres o de Berlín hay un abismo social, una distancia de clase tan notable que ofende verlos metidos en el mismo saco. Viajar es hermoso si se hace libremente, pero no si uno tiene que largarse a la fuerza porque su tierra solo le ofrece paro, precariedad y falta de oportunidades.

Llama la atención que, acostumbrados como estamos a recibir inmigrantes que llegan en condiciones penosas, no seamos capaces de hacernos cargo del drama que acompaña a la mayoría de los que salen. No lo hacen por practicar el excursionismo ni por descubrir territorios desconocidos. No les mueve el afán de aventura ni la búsqueda de experiencias. En el mejor de los casos se van para ejercer una profesión para la que han sido sobradamente formados pero que aquí no tiene salida. Otras veces para investigar en condiciones dignas y sin atarse a perpetuidad a una mísera beca o a un contrato basura. Otras, las más, lo hacen con la simple pretensión de sobrevivir. Decir que irse fuera enriquece, abre la mente y fortalece habilidades sociales -olvidó el ministro añadir que hidrata la piel y reduce el colesterol- es un alarde de optimismo más propio de una mente intoxicada por la literatura de autoayuda que de un flamante ministro del Gobierno, por muy de Exteriores que sea. Da la impresión de que él y sus compañeros de gabinete han recibido instrucciones para zarandear a los jóvenes llevándolos de un lado para otro mientras los arrullan con eufemismos. Política de dispersión, quizá.

De otro modo no se explica la ocurrencia anunciada por la ministra Montserrat de crear un programa de intercambios similar al Erasmus europeo pero dentro del mapa nacional. Lo van a llamar Cervantes, para redondear la inclemente operación de castigo a la que ha sido sometido el autor de El Quijote en este funesto año de homenajes. Pronto tendremos a nuestros escolares de Secundaria descubriendo los encantos de las comunidades hermanas, o sea, abriéndose a nuevos horizontes y fortaleciendo habilidades sociales según la nueva terminología. En realidad no es nada nuevo; son los mismos efectos provechosos que antes se atribuían al servicio militar y a las colonias de verano. Si la emigración de titulados es movilidad exterior, esto vendrá a ser algo así como turismo educativo interior. Para que se acostumbren a hacer las maletas. Para que vayan entrenándose en la apertura a nuevos horizontes.