La Rioja

EL BISTURÍ

Tocapitos

En 1208, el Papa Inocencio III lanzó una espantosa cruzada de exterminio contra cristianos disidentes (los cátaros) en el Languedoc francés. Pero ni las conquistas militares, matanzas indiscriminadas, quemas masivas y demás atrocidades contra los «buenos hombres» y sus protectores debilitaron una fe que incluso salió fortalecida tras la masacre. Entonces, la Iglesia católica cambió su estrategia inventando un medio de persecución más lento y sutil pero mucho más efectivo: la Inquisición. Su éxito -acabaron con todos- se debió en gran parte al fomento de la delación, que amparada en el anonimato envió al tormento a muchos inocentes que acababan confesando lo que quisiera el verdugo. La siembra del terror rompió los lazos de confianza de una sociedad civil moralmente degradada y convirtió la denuncia en una cuestión de supervivencia: acusar era colaborar y quedar a salvo.

El caso es que hace poco leí en Diario LA RIOJA que «Los funcionarios que denuncien casos de corrupción tendrán garantizado el anonimato». La delación quedaría así instituida por la ley del Buen Gobierno y Estatuto del Alto Cargo de La Rioja con el objeto de «dar plena garantía a los ciudadanos de la honestidad y ejemplaridad». De este modo, la Administración riojana se sube al carro de impulsar la figura de lo que en el mundo anglosajón se denomina whistleblower o alertador, literalmente «tocapitos» por analogía con los silbatos que soplan los polis británicos cuando descubren algo feo, aplicado aquí al funcionario detector de un hecho que considera delictivo o fraudulento y lo comunica a sus superiores. En español tenemos otras palabras menos elegantes que para definirlo: delator, chivato, soplón. Aquí, tocapitos, o más bien tocapelotas, es otra cosa. Claro que ambos conceptos pueden coincidir. Si un empleado público sin otro pito que tocar, por ejemplo, se dedica a investigar en horas de trabajo a sus superiores, compañeros o subordinados en busca de posibles prácticas ilícitas que podrá denunciar con plena garantía de anonimato, estará tocando el pito y las pelotas al mismo tiempo, lo cual tampoco requiere mucha habilidad que digamos.

Pues nada, que la noticia del futuro sistema riojano denunciador de «casos de corrupción» (así, sin el «presunta» por delante) me ha evocado la conmovedora historia de la tragedia cátara, a la que dediqué un libro que fue todo un worst seller. Esta delación funcionarial viene a sumarse a la fiscal ya implantada en España («cree el ladrón que todos son de su condición»). Quizá estén ya de camino la sanitaria, la judicial, la docente, la laboral, la policial, la deportiva, la vecinal, la familiar. Con un concepto de la honestidad tan relajado como el español, pronto nos veo a todos convertidos en tocapitos. Chivatos, vaya.

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