La Rioja

Desconectados de España

Como si fuéramos al revés del mundo, contra natura, contra la lógica, contra lo que debería ser y no es, los riojanos cerramos un annus horribilis para así continuar una ominosa década que, en su avance, no hace más que confirmar nuestra decadencia social, política y económica.

El tren, el del progreso, hace mucho que lo perdimos y solo pasa una vez. A este paso, lo poco que tenemos en cuanto a trenes, los de verdad, también lo perderemos. Seguimos alejados de los enlaces norte-sur y este-oeste peninsulares, los cuales tienen previsión de mejorar sus prestaciones en los próximos años. Mientras tanto, la red ferroviaria riojana languidece y correrá el peligro de desaparecer. De nada servirán estaciones de trenes faraónicas para todo el siglo que viene, si lo que de verdad necesitamos desde ya, para este nuevo año, para este lustro que sigue, son más y mejores enlaces por tren.

Mucho peor que la infraestructura ferroviaria está nuestra red de carreteras. A pesar de que se han hecho esfuerzos en la red secundaria para conseguir una mejor conexión con nuestros pueblos, la red primaria continúa siendo una verdadera tropelía. El dato abrumador de que 176 personas han fallecido en la N-232 en lo que va de siglo se resume casi en el mismo número de kilómetros que tiene a la AP-68, carretera de trazado paralelo; una conjunción de datos perfecta para remover conciencias, para discernir entre lo óptimo y lo nefasto, para diferenciar entre lo seguro y lo inseguro, para elegir entre la vida y la muerte.

El déficit que presenta nuestra red viaria no es algo de ahora. Desde hace muchos años, las carreteras riojanas, y en especial la N-232, presentan más saturación y menos acondicionamiento. Ello trae consigo el fatal resultado de mayor peligrosidad y mayor siniestralidad. Los puntos negros de esta red viaria son cada vez más y cada vez más funestos. Sus consecuencias, en muchos casos, son irreversibles.

Por suerte no todo es oscuridad. Dentro de esta penumbra y de esta penuria, hay un pequeño rayo de luz, un pequeño foco de esperanza. 2016 ha sido el año en el que un grupo de colectivos hartos de esta situación han aunado fuerzas para configurar una plataforma, exigir la liberación de la autopista AP-68 y acabar de una vez por todas con el matadero, como así llaman algunos, en el que se ha ido convirtiendo la N-232. Con la vista en este objetivo, los medios de comunicación de nuestra tierra han mostrado esta voluntad. Qué mejor labor que la de azuzar a nuestros políticos y que estos se pongan de una vez por todas a trabajar.

Nuestros representantes públicos son los responsables primeros y últimos de la situación en la que nos encontramos. Si no actúan desde ya las consecuencias socio-económicas serán fatales. Ante la falta de recursos, estamos viendo que muchas industrias y empresas cerrarán. Las que pudiendo elegir nuestra tierra para invertir, desistirán de hacerlo, el empleo se resentirá y con ello nuestra población. Nuestra gente, y en especial nuestros jóvenes, serán los especialmente damnificados, pues se verán abocados al exilio en busca de más y mejores oportunidades.

Es ahora o nunca. Si los ciudadanos, los colectivos, los medios, los políticos, no luchamos todos a una por este objetivo de mejores infraestructuras para La Rioja, mañana ya será tarde. En La Rioja, no hará falta un proceso de independencia para desconectarnos de España. Nosotros mismos nos quedaremos aislados, abocados al ostracismo y empezaremos a temer esa penuria y penumbra. No serán más que señales previas y avisos de nuestra condena a nuestra extinción como pueblo, como ya ocurrió con los núcleos de nuestra sierra riojana a mediados del siglo XX, desconectados primero y abandonados más tarde.

2017 debe ser el año para confirmar que queremos revertir esta situación, para que se produzca esta inflexión necesaria. Una modificación que resitúe a La Rioja en el mapa con unas mayores y mejores infraestructuras que sustenten nuestro tejido socio-económico para lo que resta de siglo XXI. En definitiva, un nuevo año para un cambio que nos lleve a evitar la maldita e indeseada desconexión.