La Rioja

Apología del humo

El pensamiento de plantilla nos está ofreciendo piruetas argumentales de semejante dificultad que uno no sabe si está viendo en la televisión a Rafael Hernando, pongamos, o a la afamada trapecista Pinito del Oro. Estos días resultan candorosas las razones que esgrimen algunos para criticar las medidas que ha impuesto Manuela Carmena contra la contaminación en la capital y que hoy por primera vez han limitado el acceso a la almendra central de Madrid al tráfico de los coches con matrícula impar. Han salido a la palestra estos días varios grupos que han criticado duramente la decisión. Llama la atención que sean muchos de ellos curiosamente populares, dado que la alcaldesa no hace más que aplicar una medida que aprobó el anterior gobierno municipal del PP. Entre ellos, están los contorsionistas, que ridiculizan toda la medida que toma el contrario y los que se ríen de cualquier cosa que haga Manuela Carmena. Y Esperanza Aguirre, que argumenta a lo Panenka y un día se quejó de si los coches no tenían derecho a circular sin plantearse si los ciudadanos tienen derecho a respirar y a no morir, y cuál de los dos derechos está por encima del otro. No deja de resultar divertido ver cómo toda esa España ordenada que disfruta tanto llamando a la policía por el ruido de la música, esa gente tan bien y tan hipersensible que se realiza extinguiendo verbenas defiende ahora que un millón de tipos vengan a su barrio a provocarles un enfisema pulmonar. La política dibuja a veces este tipo de piruetas.

Detrás del desprecio y la mofa por las medidas anticontaminación late una asimetría inexplicable por la cual en España pesa más una muerte en accidente de tráfico que 17 por contaminación aérea. Esa viene a ser más o menos la proporción de decesos que provoca el tráfico y el aire. La boina de las ciudades está detrás de 20.000 muertes anuales en España (según la Comisión Europea que ofrece uno de los datos más conservadores), frente a 1.500 por accidente de tráfico, pero la gente no las ve.

Esta invisibilidad es algo que no se alcanza a comprender, por la misma razón que no se entiende que, mientras que en otros países se atendían a los primeros estudios epidemiológicos que hace veinte o treinta años alertaban contra los motores diesel, en España se facilitaba su venta fiscalmente. Somos un país extraño, pero nos matan los humos igual que a los franceses y que a los japoneses. En este país un niño de seis años sabe que un choque a cincuenta kilómetros por hora puede terminar con la vida de un hombre y que se están fundiendo los casquetes polares, pero la gente sigue sin concienciarse de que la contaminación provocada por el escape de los vehículos (no solo solos vehículos) aumenta la mortalidad en general y en particular en enfermos cardíacos y personas mayores. También que favorece la aparición y el agravamiento de diferentes tipos de alergia, que aumentan las enfermedades coronarias y que favorece la aparición de diferentes tipos de cáncer. No suele leerse en los partes médicos, pero una de cada veinte muertes en España está provocada o acelerada por la contaminación. Cuando los conductores reclamamos la parte alícuota de nuestros impuestos circulatorios por no poder pasar de la M30 hacia adentro, deberíamos de ser más prudentes, no sea que nos pasen, además de la factura de la carretera, la factura médica por la parte del gasto sanitario que nos corresponde por nuestro tubo de escape.

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