La Rioja

LA PLAZUELA PERDIDA

La Navidad y el político de la cama redonda

En los albores de la democracia española, cuando yo era un joven veinteañero, ávido de vivir en esa democracia, conocí a una joven catalana, progresista y de costumbres liberales, que trabajaba en Madrid y a la que llamaré Wendy. Por aquel entonces, Wendy andaba bastante enamoriscada de un brillante compañero de trabajo, que no le hacía mucho caso, a quien llamaré Sílver. Aunque he dicho que Sílver era muy brillante, no he contado que comenzaba a destacar como miembro de un partido político emergente -en realidad, todos los partidos eran emergentes, pues estamos hablando del entorno temporal de las primeras elecciones-, pero todavía no era un político de primera fila, como llegaría a ser poco tiempo después.

Aunque Sílver no hacía ningún caso a Wendy, ya lo tengo dicho, la invitó a pasar un fin de semana en un chalet, en las afueras de Madrid, en lo que pretendía ser una celebración distinta de aquellas fiestas de empresa previas a la Navidad, que se abalanzaba sobre Madrid, con otras personas y con una condición: todos los que iban a pasar juntos el largo fin de semana no debían negarse a mantener relaciones sexuales con los demás -se entiende que, al menos, con las personas del sexo contrario-; o sea que en aquel fin de semana prenavideño, en el chalet de las afueras de Madrid, se iba a hacer, en realidad, una gran cama redonda que duraría dos días. (No sé si he dicho que eran jóvenes muy 'progres').

No sé lo que ocurrió en el chalet de las afueras en aquella disparatada celebración prenavideña, aunque puedo imaginarlo; tampoco sé si Wendy consiguió acostarse con su amado Sílver, pero ella volvió muy deprimida y con una enfermedad de transmisión sexual de las que se curan con penicilina. Sí sé que lloraba mientras le decía a su compañera de apartamento -una chica muy tradicional y conservadora en materia de costumbres-: «¡Ojalá yo fuera como tú!».

Poco tiempo después, perdí la pista de Wendy y encontré la de Sílver, quien, un día sí y otro también, salía en los papeles, pues era ya un político de primera línea.

No soy quién para juzgar los hechos, pues todos sabemos que lo que haga cada cual, siendo mayor de edad, y más en lo relativo a las prácticas sexuales, bien hecho está -y, si no lo está, no es de mi incumbencia-; también sé, y lo sabemos todos, que a un político no hay que juzgarle por su vida privada ni por su pasado, siempre que no sea delictivo, ni por sus costumbres sexuales, ¡faltaría más!, sino que hay que juzgarle por su práctica política, por su compromiso social con la ciudadanía, por el grado de cumplimiento de sus promesas electorales, etc. Todo esto lo sé, pero cada vez que aparecía Silver en la televisión -y aparecía a menudo, ya que era un buen político, bastante coherente, mientras estuvo en primera fila, y lo estuvo mucho tiempo-, y aún aparece de vez en cuando, en vez de pensar en él como el buen político que era, nunca he podido evitar verlo como el hombre desalmado que tanto hizo sufrir a Wendy y la llevó a aquella disparatada cama redonda. En vísperas de Navidad. Felices navidades.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate