La Rioja

LA PATRIA QUE NOS PARIÓ

Hace escasas fechas, el INE volvió a confirmarnos que España se muere. En esta nación no nacen los niños suficientes para compensar los fallecimientos que se registran, y el saldo vegetativo -una expresión exquisita para decir que este país se va al garete, que se suicida demográficamente- resulta negativo.

España está en el furgón de cola en cuanto a protección y ayudas a la familia. No es que el legislador no las apoye, es que las desatiende, cuando no manifiesta hacia ellas una abierta hostilidad si de lo que se habla es de la familia convencional a la que muchos se siguen empeñando en deconstruir como si de una tortilla de patatas se tratase.

Con todo, y sin entrar en el debate sobre los tipos de familia surgidos al abrigo de la época que nos ha tocado vivir, el hecho irrefutable es que tener hijos en este país no resulta fácil y la maternidad se ha convertido en un complejo sudoku económico y personal que los hogares -ya sean clásicos, monoparentales, homoparentales o el resto de clasificaciones conocidas o que estén por conocer- deben resolver día a día sin apoyo público. Ahí te las apañes.

España necesita una política integral y correctamente enfocada que responda a la familia como la realidad social que es. Hay quien sostiene, no obstante, que bastaría con dotarnos de un sistema asistencial sostenido en el tiempo como los que están implantados en los países más desarrollados de Europa. Porque según donde nazcan los bebés europeos, los niños sí traen un pan debajo del brazo. El problema es que estas ayudas son pan para hoy y hambre mañana: las seductoras iniciativas para impulsar la natalidad en Francia, por ejemplo, no han logrado impedir que nuestros vecinos también hayan entrado en una grave crisis demográfica. Razón de más para reclamar a nuestros gestores una política de familia ambiciosa y sin complejos.