La Rioja

De juguetes, hackers, niños y seguridad

Como quien vuelva a casa por Navidad, los peligros de los dispositivos conectados 'a la red' de vez en cuando ocupan espacio en los periódicos y a veces se cuelan incluso en nuestras conversaciones de café los peligros de la red, de las cosas conectadas. Vaya usted acostumbrándose, cada vez hay más cosas conectadas y cada vez dependemos más de ellas, así que, además de preocuparnos, empieza a ser hora de ocuparnos.

Esta vez ha sido un estudio sobre juguetes conectados que permiten espiar a nuestros hijos. Al preguntarle a Google por juguetes hackeados, perdón por el palabro, aparecen rastros desde 2009.

La palabra hacker se va popularizando por el cine (aquel Juegos de Guerra de 1982, un poco después del mundial de España) o la enigmática Matrix. También es un término que aparece en los medios de comunicación a través de noticias sobre robo de datos de famosos, los papeles de Panamá o incluso las elecciones en USA. En la mayor parte de los casos, utilizada como sinónimo de delincuente cibernético.

Por si algún lector no está familiarizado, la palabra hacker se aplica en su sentido original a la personal de extraordinaria habilidad técnica que consigue llevar a los sistemas informáticos más allá de las utilidades para las que fueron diseñados. Uno de esos límites suele ser el encontrar errores en el programa; y al igual que sucede con tantas otras cosas, encontrar fallos es bueno, porque permite corregirlos.

Así, se habla de hackers buenos (white hat hackers) cuando utilizan su habilidad para informar de fallos con el objetivo de que se puedan corregir y mejorar los sistemas. Este término se ha extendido y, por ejemplo, hablamos de hackear la ciudad cuando los solares vacíos que acumulan basura y son fuente de malestar se transforman en huertos urbanos que mejoran los barrios.

Pero ya saben ustedes lo de los ángeles, los hay buenos, obedientes y dentro del sistema, blancos, rubios. con sus jefes los arcángeles, y el lado oscuro, el reverso tenebroso o, como se les llamaba toda la vida de Dios, los diablos (que no son otra cosa que ángeles caídos). En este caso se habla de hackers, crackers o, para resumir, black hat hackers.

El uso de todos nuestros datos conectados, que nos espanta que otros manipulen, nos seduce sin embargo si de lo que hablamos es de supervisar a nuestros hijos para que no les pase nada malo o para ayudarles en el caso de que esto suceda. Es precisamente la presencia de niños en cualquier noticia lo que suele despertar nuestras emociones y disparar nuestras alarmas.

Como padre, me pasa lo mismo; como profesional de la tecnología, el asunto me apasiona y como director de seguridad me ocupa y me preocupa.

Cómo profesional de la informática he vivido la evolución de la banca electrónica, de la videoconferencia. pero como técnico sé que es casi imposible conseguir que algo sea bueno, bonito y barato. Si es bueno y bonito exige un esfuerzo enorme de diseño, de controles de calidad, de pruebas exhaustivas. así que es difícil que, ceteris paribus, algo bueno y bonito sea además barato.

Pero para vender más, las soluciones tecnológicas deben añadir la 'S' de sencillas y además queremos que tengan la 'R' de rápidas. (Si una versión de iPhone se retrasara un mes, todos los medios se lanzarían en tropel sobre el sucesor de Steve Jobs).

Así que, como consumidores exigimos productos tres bes, sencillos de usar y cada vez más rápidos en nuestra casa (próximamente en dron directamente), hasta que llega la tormenta, con algún trueno y corremos a acordarnos de santa Bárbara.

Como padres y como ciudadanos debemos exigir que los productos que adquirimos sean seguros y, quizás, solo quizás, si nos paramos un poco a pensarlo, nunca deberíamos haber puesto ninguna otra letra en la ecuación delante de la 'S' de 'seguro'.

Como usuarios debemos de seguir las recomendaciones de buenas prácticas en seguridad y nos podemos aprovechar de los materiales del Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE) (www.incibe.es) que está haciendo una gran tarea de asesoramiento y divulgación.

Como consumidores, debemos exigir a nuestros proveedores individualmente y a través de las asociaciones, que adopten las mejores prácticas y que aunque saquen los productos con un poco de retraso hagan los test de seguridad adecuados y actúen con celeridad y transparencia cuando los fallos ocurran.

Por último, pero no por ello menos importante, como ciudadanos debemos exigir a nuestros representantes que legislen y regulen en estos asuntos para obligar a las grandes corporaciones a incluir la seguridad como un elemento fundamental (algo que en la industria tradicional era obligatorio) y por supuesto a nuestro poder ejecutivo que cumpla y haga cumplir dichas normas.

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