La Rioja

EDITORIALES

Desvarío catalán

La cumbre por la independencia convocada por el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, se encontró rodeada ayer por decisiones judiciales y réplicas partidarias con las que retroalimentarse para el enésimo ensayo de cara a la secesión. La fijación del juicio contra Artur Mas, Joana Ortega e Irene Rigau para febrero, saludada por el primero con la falaz interpretación de que han acabado en el banquillo del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña «por nuestras ideas, por escuchar a la gente, por poner las urnas y por defender la libertad de expresión», impide que Puigdemont se salga un ápice del guión dictado por la CUP. La sentencia del Tribunal Constitucional que desecha la posibilidad de que la Generalitat pueda establecer acuerdos bilaterales con estados soberanos, extender una diplomacia reconocida como tal y convertir a Cataluña nada menos que en «sujeto de derecho internacional» habría desconcertado a muchos catalanistas empujados a participar de la espiral del agravio como razón última del independentismo si no se hubiera anunciado, al mismo tiempo, que antes de que termine el año Junts pel Sí y la CUP tramitarán una proposición de ley que establecerá el basamento jurídico de la transitoriedad hacia una república propia. El desvarío se completa con la incorporación ayer de Ada Colau a la 'cumbre de Navidad'. El reajuste entre las fuerzas partidarias del panorama catalán se solapa bajo la apariencia de un éxodo ineludible de dicha comunidad política hacia su desenganche respecto al Estado constitucional. La confusión entre las obligaciones de la Generalitat de atender a los requerimientos ciudadanos y su propósito de cortar amarras con el sistema que le asegura la sostenibilidad financiera alcanza la sinrazón. El aserto de que la CUP pilota Cataluña no es una ocurrencia malintencionada o sesgada. Es la conclusión a la que se llega analizando el comportamiento último de Junts pel Sí y, sobre todo, de la reconvertida formación de Carles Puigdemont y Artur Mas. Nunca falla, al final es la CUP la que tiene la última palabra.

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