La Rioja

Dos ratas por cabeza

En París, donde todo son terrazas y tiendas de violines, se estima que también hay cuatro millones de ratas. Salen a dos ratas por cabeza. En el Cádiz de 1992 el Diario publicó que la ciudad estaba apestada. La plaga dio para ponerle nombre a 'Seis ratas por habitante', una magnífica chirigota callejera del Gómez y Emilio Rosado. París es Cádiz con más bateau mouche y Cádiz es París con más funcionarios de la Junta de Andalucía, pero ambas son la ciudad de la luz y las ratas se parecen.

Ahora en París han comenzado un exterminio que termine con la invasión roedora y miles de personas han pedido «detener el genocidio». Consideran que la plaga es el ser humano, concretamente todos menos ellos. Les presento a la generación Ratatouille. Pablo Iglesias se enervó mucho el otro día en Twitter porque en La2 daban un programa de caza y pegaban un tiro a un venado «en horario infantil». Iglesias, al que se le está poniendo cada vez más cara de cura, acepta que los niños coman carne, pero que no vean la muerte del animal, exactamente como esos que aceptaban que se besaran los homosexuales, pero en su casa. De siempre, en España llevamos algo de retraso sobre las modas francesas: el cine erótico, el catálogo de La Redoute, las galletas Pepito y el foie. Las Pepito nunca llegaron y es una pena. Aquí, todavía estamos en la generación Bambi.

En este mundo se pueden comer bogavantes, cigalas y pechugas de pollo si no se tiene en cuenta que antes de comerlos palman. Si se ve, no vale. Lo mismo le sucede a la fiesta de los toros, que se considera un espectáculo inadmisible porque se asiste a la muerte del animal, aunque la muerte del toro y su sufrimiento -que existe- no sea su objetivo primordial. Decir que el toreo es hacer sufrir a un Miura es como considerar que una barbacoa es el ejercicio de carbonizar y deglutir el cadáver de una vaca.

En muchos casos no cabe el razonamiento, porque la nueva pulcritud animalista se ha convertido en una especie de yihad, un asunto dogmático. Quizás por eso, una profesora de Secundaria de un instituto de Vall d'Uxó ha sometido a los alumnos de esa clase a una encuesta sobre los toros. En lugar de preguntar si Dios es bueno, malo, o 'regulín regulán', que es lo que en principio procedería en la materia, la docente ha pedido a los chavales de 13 años que le den su opinión sobre la fiesta de los toros y para ello aportaba el informe de ERC en el que pide la abolición de la tauromaquia. La consejería del ramo ha declarado que la actividad fomentaba el espíritu crítico de los alumnos. Crítico con la tauromaquia, se entiende. El cuestionario demandaba la posición de los alumnos sobre el espectáculo y les ofrecía varias opciones: «Me gusta y disfruto», «Me es indiferente» y «No me gusta/rechazo». No daba la opción «No me gusta y no rechazo». Esa alternativa debió de obviarla la profesora por un criterio de funcionalidad: que uno disfrute no con algo o incluso que no lo entienda y que en cambio no quiera que se prohíba es una opción que en la práctica ya no existe en España.

Siendo funcionales, no sé a qué viene pedir tanta opinión sobre religión y tauromaquia si todo el mundo sabe que Curro Romero es Dios.