La Rioja

MI BALCÓN

Besos con lengua

Hubo un momento en mi vida en que me dio por irme a vivir durante un año en Rota, esa villa gaditana localizada en uno de los extremos de la bahía de Cádiz. Bueno, eso debió de ocurrírseme a causa de que hube de colaborar muy activamente como soldado de elite en la secular defensa de España en la zona aledaña al Estrecho. Aquella estancia en las baterías antiaéreas de costa me ayudó a aprender cosas interesantísimas, entre otras que nos habían destinado allá para proteger a nuestros compatriotas de la pérfida flota rusa, concepto que nos repetía diariamente un sargento, lo cual -ya entonces cuando vivía el Caudillo- provocaba más bien nuestra hilaridad; por otra parte, la singularidad de pertenecer a un destacamento que no comía en cuartel nos impulsaba a perder el culo los días en que venía a prácticas de tiro la Infantería de Marina norteamericana para acudir a las papeleras donde habían depositado, intactas, las bolsas de su comida con pollo asado y su correspondiente salsa, que nos sabían a rechupete; además ahí conviví con esos reptilillos denominados camaleones, que campaban a sus anchas por los pinares costeros o aupados a los cordones de la luz en el dormitorio de los chortas, donde no dejaban en paz a un solo insecto.

Pienso que esta última especialización, emanada de la observación del comportamiento tan mutante de estos saurios, seguramente anteriores a la existencia de los califatos, nos habrá alentado a aquel grupo de héroes como para atravesar serenamente no solo el período último de la dictadura sino asimismo el de la transición democrática sin haber dejado demasiados pelos en la gatera. Seguramente otros lo habrán pasado bastante peor al haber asistido estupefactos a lo largo de unos cuarenta años a tanto corrimiento de ideologías e individuos, que poseen la misma capacidad de atender a un roto que a un descosido, ejemplar sastrería. Afortunadamente, por lo entretenido, el espectáculo camaleónico prosigue hoy intacto porque el sistema lo necesita y a él acuden como moscas militantes y simpatizantes, a manera de los aficionados de los superequipos de fútbol. Qué remedio les queda; así también se hace nación, ¿verdad?

Mi chica, que acaba de llegar de Vitoria, sonríe ante mis argumentos y afirma a su vez que ella entiende el porqué del éxito de los camaleones: «Es que estos lagartillos besan siempre con la lengua, y qué lengua. A ver si vas aprendiendo». No quiero que conste aquí lo que le he respondido. Es que me puede el pudor.

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