La Rioja

Los mil años del rey Don García

En la vieja película El Cid (Anthony Mann, 1961) hay una secuencia donde se baten dos caballeros en una ordalía o juicio de Dios. Uno de ellos lucha en nombre de Fernando I de Castilla, mientras que el otro lo hace a favor de Ramiro I de Aragón, es decir, los hermanos del rey Don García de Nájera. Lo que se sustancia es la posesión de la ciudad de Calahorra, la misma que había sido reconquistada en 1045 por nuestro monarca, al que nadie menciona para nada. En el combate sale victorioso el Cid (Charlton Heston), y éste, tras haber dado muerte a su rival, se dirige a Ramiro y le pregunta desafiante: «¿A quién pertenece Calahorra?». Y Ramiro (Gérard Tichy) responde contristado: «Calahorra pertenece a Fernando y a Castilla». Anacronismos y falsedades aparte, puesto que Calahorra (al igual que toda la Rioja Media y Alta) sólo fue castellana a partir de 1076, y no bajo el reinado de Fernando sino del de su hijo Alfonso VI, quiero destacar el ninguneo que se dispensa a Don García, del que, con toda seguridad, Philip Yordan, el guionista contratado por el productor Samuel Bronston, no tendría la menor referencia a la hora de documentarse. Y ello pese a contar con el asesoramiento del gran filólogo y medievalista don Ramón Menéndez Pidal.

Durante la sesión en el Congreso de los Diputados que tuvo lugar el 16 de junio de 1936, se produjo una intervención del diputado José Calvo Sotelo, político monárquico y fustigador de los partidos del Frente Popular, que sería asesinado un mes después, interpelando al hombre que entonces presidía el Gobierno de la República, Santiago Casares Quiroga, de Izquierda Republicana: «A su señoría le he escuchado tres o cuatro discursos en mi vida, los tres o cuatro desde este banco azul, y en todos ha habido siempre la nota de amenaza (.). Yo le digo a su señoría lo que Santo Domingo de Silos le contestó a un rey castellano: Señor, podéis quitarme la vida, pero más no podéis». Evidentemente, Calvo Sotelo se equivocó en su cita, dado que no se trataba de un rey castellano sino de un monarca pamplonés de la dinastía Jimena, Don García 'el de Nájera', del que seguramente no habría oído hablar en su vida.

En estos días de finales de noviembre se cumplen mil años del nacimiento de aquel rey, uno de los personajes de la historia de España menos conocidos y peor tratados por la posteridad. Como ya he recordado en esta misma tribuna, sus propios paisanos lo convierten cada año en un desnaturalizado en el espectáculo estival Reino de Nájera. Cierto es que hay de por medio una brillante puesta en escena; que los actores locales se entregan con entusiasmo, y que el director consigue articular una representación vibrante y colorista. El despliegue publicitario ha funcionado eficazmente y la gente acude a ver un retablo escénico que, en términos generales, no defrauda. Pero el espectáculo ha devenido con los años en un lujoso envoltorio bajo cuyos oropeles discurre un ridículo folletín que deshonra y envilece la memoria de Don García. Entretanto, se le escamotean al espectador los hechos más importantes de su reinado.

El rey Don García no ha gozado nunca de mucha fortuna histórica. Oscurecido por la fama de su padre, Sancho 'el Mayor', y de sus hermanos, Fernando, primer rey de Castilla, y Ramiro, primer rey de Aragón, nuestro monarca fue, a la postre, un perdedor que acabó convertido en una especie de apestado a quien colgaron el sambenito de intrigante y calumniador varios autores dramáticos de los siglos XVII y XIX. Éstos abarcan desde el Lope de Vega de El testimonio vengado, hasta García Gutiérrez autor de El bastardo, pasando por el cardenal don Sebastián Herrero y Espinosa, padre de García, el calumniador, y José Zorrilla, componedor de Don Juan Tenorio y autor también de El caballo del rey Don Sancho. Todas esas obras repiten el estereotipo de un Don García torticero y miserable, frente al cual brilla el bastardo Don Ramiro como héroe impoluto que sale en defensa de esa vilipendiada reina a quien su malvado hijo ha acusado de un falso adulterio en venganza por la negativa de ella a dejarle el caballo de su padre.

Don García continúa siendo un perfecto desconocido para la mayoría de sus coterráneos, que lo único que han oído contar de él es la leyenda de la paloma y el azor y su encuentro con la imagen de la Virgen en una cueva, lo que motivó la construcción de Santa María la Real: una simpática patraña urdida por los monjes cluniacenses que ocupaban el monasterio en el siglo XVI, con evidentes propósitos propagandísticos.

En Nájera hemos sido muy frívolos, ingratos y desatentos con la figura histórica de nuestro monarca. El personaje de cartón piedra ha reemplazado al hombre de carne y hueso hasta convertir a éste en algo parecido a una caricatura; y nosotros no hemos hecho otra cosa que alimentar y dar pábulo a esa caricatura, consintiendo que una costra de leyendas, falsedades y exageraciones hayan terminado sepultando al ser humano que late debajo.

Me hago cargo de que ningún retablo escénico puede reemplazar nunca a un libro de historia; no es ese su cometido. Sin embargo, el reinado de Don García ofrece material suficiente para elaborar un libreto distinto en el que nuestro monarca deje de ser el personaje atolondrado, rencoroso y movido sólo por la ambición que se nos ha mostrado hasta ahora. Don García aspiró a ser un digno heredero de Sancho 'el Mayor', aunque al final la fortuna le fue adversa, debido, sobre todo, a las deslealtades de sus hermanos, decididos a desligarse de los lazos de vasallaje con los que su padre los había vinculado en vida al heredero de Pamplona-Nájera. Esto hizo de Don García un hombre dubitativo y amargado, lo cual añade a su figura un enorme potencial dramático que vendría a sumarse a los innegables claroscuros de su condición humana.

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