La Rioja

Atajar la violencia desde las raíces

Para atajar las consecuencias de la violencia de género conviene analizar el problema desde las raíces más profundas: la historia, la cultura o el modelo político-económico. En concreto, me gustaría reflexionar sobre tres espacios al respecto.

El ámbito natural del ser humano es la familia, en la que empieza la socialización, los hábitos, las costumbres y la culturalización, donde se conforma el modelo de mujer y varón que se va construyendo en la sociedad.

Habitualmente, cuando se habla de familia, el significado que se entiende suele ser el del modelo ideológico dominante en nuestro entorno sociocultural occidental europeo, que no es otro que el de la familia nuclear definida sustancialmente como hombre proveedor de ingresos-mujer ama de casa. El proceso de socialización sigue en la escuela, reproduciendo estereotipos en el lenguaje, textos, comportamientos e incluso se plasma en los uniformes: vestidos para chicas-pantalones para chicos.

Es posible que a lo largo del tiempo haya habido otros modelos, pero a día de hoy éste ha prevalecido o, por lo menos, es el más arraigado en nuestra sociedad, con el agravante de considerarlo como un orden natural. Esto ha llevado a justificar y legitimar desigualdades e injusticias cometidas contra las mujeres en todos los ámbitos de su vida.

Otra institución que ha resultado fundamental es la Iglesia, que a través de los siglos ha fomentado con una interpretación equivocada del mensaje de Jesús un tipo de mujer sumisa, dócil, poco reivindicativa apoyándose en propagar una cultura y una educación que ha contribuido a mantener este statu quo.

La función de los medios de comunicación es importantísima para enraizar este proceso que comienza en la familia y que permite interiorizar, como algo natural, la desigual valoración de las competencias masculinas y femeninas, cuando realmente sólo responden a pautas culturales y, por lo tanto, transformables.

En cuanto al modelo económico, únicamente hay que acercarse a cualquier estadística sobre paro, precariedad, salarios, pensiones, tiempo disponible, dedicación a cuidados... para ver lo mal paradas que salimos las mujeres. Y esto es así porque se nos ha utilizados siempre. Por cierto, cuando se habla de la incorporación de las mujeres al mercado del trabajo, conviene recordar que hemos estado incorporadas siempre. ¿O no es cierto que hayamos trabajado en la agricultura, la ganadería, la venta ambulante, el servicio doméstico o la artesanía? Pero, eso sí, sin salario, ni Seguridad Social, ni ningún tipo de derechos, ni de reconocimiento social.

El sistema económico capitalista ha convertido a las mujeres en mercancía, objeto de compra y venta (esto lo compartimos con los varones). Menos mal que movimientos feministas, organizaciones políticas progresistas y teólogas feministas estamos trabajando duro para que se nos reconozca como lo que somos: personas dignas, diferentes a los hombres, pero con los mismos derechos.

Me indigna profundamente, que demasiadas veces, el poder político se empeñe en explicar la violencia de género solo desde la violencia doméstica. Pues no. Como he tratado de desgranar someramente, hay razones históricas, culturales y económicas para conocer y atajar la violencia de género.