La Rioja

No es un asunto privado

Flora Tristán es una figura histórica poco conocida en España -ni siquiera por su origen familiar hispano-peruano-, ni tampoco en Francia, a pesar de ser la abuela materna del pintor Paul Gauguin. Sin embargo es una precursora de la lucha obrera y del feminismo y, desde luego, una referencia en la lucha contra la violencia sobre las mujeres (la primera casa de acogida para mujeres maltratadas creada en París lleva su nombre). Su corta vida se inició en las calles del París del siglo XIX y estuvo marcada por el dolor y la huida; visitó entre otros lugares la Arequipa natal de Mario Vargas Llosa y quizá esta presencia pudo dejar alguna huella y propiciar que el premio Nobel escribiera El Paraíso en la otra esquina, una novela con dos vidas en paralelo y dos personas en una continua huida -abuela y nieto- siempre en busca de lo inalcanzable, de la utopía. Entre lo inalcanzable para Flora Tristán estaba su propia subsistencia: sobrevivir a los ataques de su marido, André Chazal, un comerciante parisino con quien fue casada siendo casi una niña para huir de la miseria y de la ilegitimidad de su linaje. Al huir del hogar en el que era brutal y sistemáticamente maltratada, Flora se convirtió en una proscrita; primero en París y luego en toda Francia. Chazal la persiguió y agredió varias veces por las calles de París y en una ocasión dio con ella a las puertas de la Facultad de Derecho de la Sorbona. Vargas Llosa cuenta el incidente: los futuros abogados parisinos que salían de las aulas acudieron en auxilio de Flora, que trataba de parar los golpes con su cartera mientras arrastraba a su hija. Chazal entonces aulló diciéndoles que no se entrometieran en una disputa conyugal. Los jóvenes preguntaron a Flora y ésta reconoció que quien le pegaba era su esposo y los estudiantes se apartaron apesadumbrados: «Si es su esposo no podemos defenderla, señora, la ley le ampara». Pero aún así, Flora Tristán consiguió años más tarde que Chazal fuera condenado por intentar asesinarla.

La violencia de género no es un problema que afecte al ámbito privado, dice en su preámbulo la ley orgánica 1/2004. No siempre ha sido así. Quienes llevamos cierto tiempo en el mundo judicial sabemos que, en otro tiempo, la respuesta a la violencia sobre la mujer era bajar una persiana o cerrar la cortina; hacer oídos sordos a cualquier grito o llanto si sabíamos que esta era su causa. Si nuestras vecinas o conocidas llevaban un ojo morado no preguntábamos, o mirábamos para otro lado, siempre en un silencio ominoso y vergonzante. Hasta era considerado una indiscreción preguntar o aconsejar a la víctima; una intromisión de mal gusto porque lo que ocurría entre las paredes del hogar era 'asunto de pareja', una suerte de 'omertá doméstica'.

Muchas veces nos preguntamos ¿qué ha cambiado?; ¿por qué está tan 'de moda' esto de la violencia de género?

Las sociedades que evolucionan tratan de erradicar por completo la violencia de las relaciones interpersonales, y la violencia de género no es hoy sino el último reducto de la violencia en las sociedades modernas; además, en nuestro caso, constituye uno de los ataques más flagrantes a derechos fundamentales como la libertad, la igualdad, la vida, la seguridad y la no discriminación proclamados en nuestra Constitución. Estas conductas son absolutamente generadoras de víctimas, porque quienes padecen la violencia doméstica son, en su gran mayoría, ignorantes de sus derechos, caen en el aislamiento y en la vergüenza y hasta generan importantes complejos de culpabilidad, circunstancias que les impiden, en muchas ocasiones, salir de este 'círculo vicioso' en que se han convertido tras esta degradante situación.

Pero el cambio proyectado por la Ley de Protección Integral contra la Violencia de Género (y cuantas normas la han precedido) no sirve de nada si la gravedad de estas conductas, la importancia del problema, no cala en nuestras conciencias; por eso la Ley establece medidas de sensibilización e intervención en al ámbito educativo (la educación es la piedra angular de este cambio social), refuerza, con referencia concreta al ámbito de la publicidad, una imagen que respete la igualdad y la dignidad de las mujeres, y apoya a las víctimas a través del reconocimiento de derechos, la asistencia jurídica gratuita y otros de protección social y apoyo económico.

Me sigue despertando admiración el cambio, en particular personificado en algunos testigos que, ajenos a los hechos, dan aviso a la policía de una agresión, o incluso llegan a defender a la víctima y detener el ataque; son ciudadanos normales que 'dan la cara', esperan en comisarías y juzgados (a veces horas) y con una nobleza absoluta y paciencia infinita responden a preguntas que a menudo son incómodas, sobre hechos que personalmente les son ajenos pero que, singularmente, se convierten en socialmente comprometidos. Son el ejemplo para una sociedad que se ha conjurado con un objetivo, la erradicación de la violencia de género, en el que también están implicados los poderes públicos y los profesionales de todas las áreas y procedencias. A ellos debemos ofrecer en este día conmemorativo nuestro agradecimiento.