La Rioja

Libertad y saber estar

La inauguración de la nueva legislatura distó mucho de convertirse en un acontecimiento político ilusionante y digno de ser recordado. Los diputados de algunos grupos políticos no supieron estar a la altura de las circunstancias, ausentándose ostensiblemente o negando el aplauso de bienvenida al Jefe del Estado. La cortesía parlamentaria brilló por su ausencia entre algunos. La impresión es que mal irá a nuestra sociedad si algunos representantes creen que el hemiciclo es un escenario más del gamberrismo callejero. Es evidente que los diputados tienen derecho a expresar su discrepancia de diferentes maneras pero siempre con un mínimo de educación y respeto hacia los demás, que en la pluralidad de ideas nos representan. ¡Vaya ejemplo que dan los camorristas secesionistas a quienes les vean como futuros dirigentes del Estado independiente que propugnan! Pobres ciudadanos de aquellas regiones que caigan en manos de semejantes descerebrados si un día logran su objetivo.

Hasta una diputada que no hace mucho exhibió demagogia barata llevando a su bebé al escaño, mientras la nurse esperaba en los pasillos, se permitió alguna manifestación realmente deplorable en torno a la presencia de las hijas de los Reyes en el acto, por cierto exhibiendo ambas un comportamiento infantil admirable. Sin olvidarse del senador espontáneo que desde las galerías de invitados desplegó provocadora bandera republicana.

Es lamentable que se haya perdido mucho el saber estar que requiere compartir tantas cosas con los demás y, tratándose de políticos que tienen que regular nuestro sistema democrático y contribuir a la convivencia, además de lamentable es grave. Hay muchas formas civilizadas, y por lo tanto más eficaces, de expresar discrepancias y de defender ideas, posturas y reivindicaciones. Más cuando se trata del respeto que requiere la presencia de quien mal que les pese a algunos constitucionalmente nos representa a todos.

Felipe VI abordó en su discurso los temas más candentes y urgentes que el Gobierno y el Parlamento habrán de afrontar por el bien colectivo. No desperdició la oportunidad de llamar la atención sobre algunos asuntos que preocupan de forma especial, empezando por la corrupción política, que debe ser erradicada sin complicaciones, y acabando por la necesidad urgente de regenerar la vida pública que, como allí mismo, incluso en tan solemne y protocolario acto, se estaba viendo.

Parece claro que hay ciudadanos, por fortuna pocos pero algunos dedicados a la política, que no saben ni quieren contribuir a lo que muchos de los que les eligieron querrían: volcar su esfuerzo a que la convivencia en libertad sea mejor entre todos. La intolerancia ante las instituciones, que por supuesto pueden ser reformadas o transformadas, es una pésima muestra de que además de no saber estar incumplen la misión profesional por la que reciben un sueldo al que todos contribuimos.