La Rioja

REVÁLIDAS

Ya es casualidad. Pero la semana pasada, el mismo día que el Congreso tramitaba suspender la implantación de la Lomce y sustituirla por otra Ley educativa -¡la octava de la democracia!-, una pedagoga sueca explicaba en Logroño que «ningún país con buen nivel cuestiona tener reválidas o deberes».

Si por algo se concibió la Selectividad fue para medir con un mismo rasero a todos los estudiantes y disuadir a los centros de la tentación de hinchar las notas de sus alumnos. En esa etapa previa al acceso a los estudios superiores, la reválida de Bachillerato se iba a convertir, en la práctica, en la sustituta de la PAU.

Un segundo propósito, tal y como establecía la desahuciada Ley Wert, era evaluar a los alumnos al final de la ESO y del Bachillerato para que pudieran obtener el título de cada etapa académica. La idea ha decaído (las pruebas se han dejado sin efectos) más por motivos políticos (el acuerdo de investidura firmado entre el PP y Ciudadanos), que sociales (huelgas de alumnos apoyadas por los padres).

Quienes se oponen a las reválidas alegan que implican una desautorización a los profesores, que son los que conocen la evolución escolar y personal de sus pupilos, y que los chicos pueden tener un mal día y es injusto que se lo jueguen todo a una carta porque el examinador externo lo único que valorará son sus conocimientos en una hora y un día concretos. Por las mismas razones, ¿por qué no se permite a las autoescuelas expedir los permisos de conducción? ¿Por qué los conductores noveles tienen que someterse a los exámenes de Tráfico para lograr el carné? ¿En este caso no se desacredita a los profesores de las academias? ¿No es arbitrario que el alumno se haya levantado con mal pie y suba el coche a la acera en una maniobra de aparcamiento?

No tengo dudas. El sistema se debe evaluar. Sí a las reválidas, siempre que sean justas y cabales.