La Rioja

ALMAZUELAS DE BARRO

Sin papeles

Decir 'sin papeles' es decir mucho sin. Sin casa. Sin hacienda. Sin padrón. Sin nombre. Sin seguro de enfermedad. Sin trabajo. Sin paro. Sin derechos. Sin papeles no se es nadie, la pobreza hipocelulósica produce un anonimato tóxico, un abandono gráfico de la civilización. Sin civilización. Sin vergüenza la de una civilización heredera del papiro, de la imprenta y de las revoluciones que llenaron de riqueza y declaraciones de buen rollito todo el universo y su éter teleinformático.

Esa es la cuestión. El éter, el aire, la nube, la nada, que también es tóxica y sin sin. Y ahí va el globo: en dos días, todos sin papeles. Casta y gente, ciudadanos y ciudadanas y viceversa, aceptan sin decir ni mu la imposición con más prisa que pausa de la renuncia 'voluntaria' a los papeles, recibos, impuestos, públicos, privados, lo que convenga. Es hora de olvidar el antediluvio, todo está en interné, en la nube. Las nuevas tecnologías paren ángeles sin territorio, sin paraíso, sin alas, sin sexo, sin patria querida, sin carné de identidad, sin comisiones, sin oficinas, un mundo nuevo. Un mundo sin papeles.

La revolución digital se amarra a la coda o coña ecológica de que, además, se salvan bosques, se salva la selva del Amazonas y la biblioteca de Alejandría. La innovación, el conocimiento, el futuro recién llegado abduce a los aficionados a la lectura -la de leer por leer-, con tabletas y otras especies 'ibúcicas', cientos de libros sin papeles, sin árboles caídos. Libros sin/sin, emigrantes virtuales, sin dueño, sin recibo por lógica tecnológica y hábito consumista. Los sin del 'ibu' caen con extrema facilidad en la sempiterna tentación de la nube, ave que vuela a la cazuela, sea de quien sea.

El libro con papeles, impreso en papel verjurado o reciclado, pagado y empadronado en casa, será muy legal pero delata a gente de escasa sensibilidad ecológica, sin empacho en merendarse medio álamo y tres pinos laricios por cada antojo literario. Los coleccionistas de libros de papel son la causa del cambio climático, del calentamiento global y de la desaparición de los dinosaurios.

Con todo -o ningún- respeto, los libros sin papeles son agua clorada, insípidos a la chupada, no mojan, no manchan, no exudan, no dejan esa huella patrimonial en cada página que se adhiere al ADN de quien las pasa una a una, o se para en cada media. ¿Cómo grabar la emoción «con diez cañones por banda/ no corta el mar sino vuela/ un velero bergantín» si los bergantines 'ibuqueros' naufragan entre arrecifes de terabites y antivirus caducados?

Un papel novelado, filosofado, historiado, poetizado es amigo fiel, sigue en la estantería de casa mañana y tarde (no te preocupes, yo espero) Y espera y cuando llega el día y se abre huele a mies granada, a hoja de otoño, a patata frita de la abuela que se fue, a abandono sin olvido. Y si se leyó, espera la repetición de la jugada, envejece con quien lo ha leído, oscurece sus láminas por los soles y lunas que ya no volverán, pierde el brillo a la par que desaparece la tersura de las mejillas lectoras, se le caen los sostenes de las tapas de cartón o laminillas de las ediciones de bolsillo, acumula arrugas y esquinas de señalización que guardan milagrosamente avenidos el recuerdo y el olvido.

Crecen y se multiplican siguiendo los mandatos de los autores añadidos, el nuevo ángel que cuenta para el ángel que siempre lee, hasta inundar el sillón, más ávidos de manoseo los libros que un perro pequinés. Se lo han ganado, se han hecho mayores a la par que su señorito/a/o. Ya tienen edad para irse de casa. Abren la puerta y, como el canario, su libertad elige seguir en las mismas opresoras manos. Sin palabras...