La Rioja

ATRAPADOS EN 'ME GUSTA'

Quizá crean ustedes que lo que ahora sigue es el lamento de un periodista que ve resquebrajarse la tierra sobre la que pisa. No me tomaré trabajo alguno en desmentirles esa opinión y tampoco quiero darles pena: si este trabajo se acaba, me buscaré la vida por otra parte, como hacen a diario millones de personas. Pero piensen un poco en el futuro del mundo (de la democracia, de este país) si convertimos las redes sociales en nuestra principal fuente de información. No es una entelequia: en Estados Unidos, augurio infalible de nuestro porvernir, más del 60% de los electores se han dejado guiar por lo que les llegaba a través de Facebook, de Twitter, de Instagram. Más aún, durante la campaña del Brexit, los revoltosos (Farage, Boris Johnson y compañía) animaban a los ciudadanos a olvidarse de expertos, de periódicos «serios» y de noticias. Les pedían -qué miserable sentimentalismo- que votaran con el corazón. Y lo hicieron.

El problema va más allá de una triste manipulación durante dos campañas electorales. Las redes sociales no son una ventana abierta al mundo: son una ventana abierta a nuestros prejuicios, a nuestros intereses, a nuestros 'megustas'. Vivimos en una confortable burbuja creada por un algoritmo que nos bombardea incesantemente con las opiniones de aquellos que piensan como nosotros. Uno sale de una buena sesión de Facebook reafirmado en sus prejuicios, recocido en su propio caldo ideológico, triunfante y ufano como un inquisidor.

Isaiah Berlin -un politólogo de verdad- decía que no le gustaba leer las opiniones de los tipos que pensaban como él porque así no había manera de aprender nada. Berlin prefería estudiar (y tratar de comprender) a quienes decían lo contrario. Es una gimnasia molesta, desde luego, pero necesaria. Cada vez más difícil y necesaria.