La Rioja

CARAS, CARETAS Y CAROTAS

Las promesas

No escarmentamos, aunque nuestro cruel refranero nos tiene más que avisados, todavía no hemos caído en la cuenta de que más vale un toma que un dos te daré. Hoy, estos tiempos en los que las cosas van bien o mal dependiendo de quién te las cuente, son tiempos de prometer. Todos nos prometen de todo. ¡Qué maravilla, ¿no?! Los políticos nos prometen que, gracias a ellos, nuestro país se convertirá en una Arcadia feliz, los bancos nos juran que seremos millonarios si aprovechamos las ventajosas oportunidades financieras que tan desinteresadamente nos ofrecen, los ayuntamientos nos aseguran que harán de nuestra ciudad otra Cíbola maravillosa, ya saben, casas de oro y ríos de leche y miel. Nos prometen y, por prometer, hasta nos prometen que la crema descremada no tiene crema y que «Pocholín» lava más blanco.

¿Y saben qué es lo que pasa?, pues que, como decía don Francisco de Quevedo, nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir. Y si esto es así, y las promesas sabemos de antemano que no se van a cumplir, ya me dirán ustedes para lo que vale aquel antiguo concepto de la palabra dada. Te doy mi palabra de honor, se decía antes, ¿se acuerdan? Hoy esto parece una frase sacada de una novela de capa y espada. Hoy muchos piensan que la palabra dada tiene más o menos valor dependiendo de a quién se le dé y, claro, a partir de ahí.

Dentro de nuestra vida cotidiana (y ahí tienen a los señores políticos para demostrar que esto que les estoy diciendo es cierto), se puede decir blanco, hacer negro y conseguir que a nadie se le caiga la cara de vergüenza (y que conste que no es por falta de caras, ni de caretas ni de carotas). Vean el caso de lo que ha pasado en las últimas elecciones con los «escañados» socialistas. No es no. Nunca nos abstendremos. Nunca. Jamás de los jamases. Nanay de nanay. Agrupémonos todos en la lucha final. y luego, en el momento de la votación, ¿don Fulano de Tal y Tal?: abstención y vámonos a casa a cenar que se nos enfría la sopa.

Y es que, como muchos consideran que ellos no tienen un apellido lo suficientemente insigne como para respetar la palabra dada, olvidan que una promesa es algo vago hasta que entra en juego el concepto de lealtad, momento este en el que se hace necesario cumplir lo prometido. Así de sencillo.

¿Cumplir lo prometido?, les pongo un ejemplo: sale el ex secretario general del PSOE y dice: «No pactaremos con los populistas de Podemos, ni antes, ni durante, ni después» (sic). Vale, señor Sánchez, ya nos ha hecho la promesa. Ya tenemos algo en lo que basarnos. Pero pasa el tiempo y, unos días más tarde, este mismo caballero dice: «El PSOE debe mirar de tú a tú y trabajar codo con codo con Podemos» (sic). ¡Anda, coño! ¿En qué quedamos? Seguro que habremos leído mal. Ni se cumplen las promesas, ni existe lealtad, ni nada que se le parezca. Hoy blanco y mañana negro ¡Y no pasa nada, oiga!

En resumen, que esto, si no fuera una cosa tan seria, sería un completo cachondeo y creo yo que todos estos caballeros, antes de abrir la boca, debieran recordar aquello que declaró el bueno de Napoleón I que, harto ya de que le pillaran en renuncios, dijo que la mejor forma de cumplir con la palabra empeñada es no darla jamás y aunque esto les parezca una «boutade» del emperador consideren que no lo es porque, hoy, este sistema de no decir diciendo, es otro de los más utilizados dentro de este mundillo político del tres al cuarto que nos rodea, donde lo habitual es que cuando a alguien se le pregunte: ¿cuántos afiliados de su partido están de acuerdo con las decisiones de su secretario general?, conteste, después de mil circunloquios, que «aquí los traigo». Respuesta con la que el interrogado parece quedarse satisfecho porque, entre otras cosas, también parece quedarse satisfecho el interrogador.

Y así está esto, no le den ustedes más vueltas. Promesas, promesas que, aunque muchos no lo sepan, tienen una característica que históricamente, en el fondo y a la larga, siempre llevan oculta una carga de profundidad que las hace letales. Una carga de profundidad que dice que las promesas pueden ser olvidadas por los príncipes, pero nunca lo serán por el pueblo. Así que «cuidadín» con las promesas que las carga el diablo. ¡Ah!, y que los prometedores vayan atándose los machos porque ya se están pasando un pelín y siete pueblos. ¿A que sí? Hasta el domingo que viene, si Dios quiere, y ya saben, no tengan miedo.