La Rioja

Yo también escribí en masculino

Fue hará unos tres años. Impartía un taller de escritura creativa. A las sesiones acudían mayoritariamente mujeres, de todas las edades, en una librería que por entonces estaba en la zona residencial de mi ciudad. La más joven de mis alumnas, con gran diferencia, tenía trece años y el pelo rizado. Y era la más brillante de todas. Y aunque tenía olfato y aciertos, hacía algo que me ponía muy nerviosa -por lo mucho que me reconocía, que yo también había tenido una gran mata de pelo alborotado en rizos, también había sido la más joven de un taller y también me habían hecho sentir que eso se me daba bien, y por esto- y era que todo lo que escribía sucedía en otra parte, de lengua inglesa, y que lo contaba en masculino. No sólo las primeras personas de sus personajes. Su narrador omnsciente también era masculino. Y en esto me reconocí lo bastante como para ponerme nerviosa.

Lo cuenta con maestría la escritora Chimamanda Ngozi. Desde muy niña también generaba ficciones donde los protagonistas eran rubios y desayunaban mermelada de arándanos. Su propia ficción, la que ella escribía, la excluía totalmente. ¿Por qué dejarnos fuera del cuento? ¿No nos dicen acaso que escribamos de lo que conocemos? Pero revisemos las lecturas recomendadas de los suplementos culturales, de las librerías, de los planes de estudio escolares. Si hay una idea de la ficción, de la literatura, de lo que está llamado a trascender, parece que estará contado en masculino. De hecho, las temáticas nunca hablan de literatura masculina (no así femenina: la maternidad, la menstruación, el cuerpo). Lo masculino es universal, y no se nombra, lo explica bien la poeta riojana Carmen Beltrán. Cuando pensamos en alguien que escribe poesía, los primeros nombres que nos vienen a la cabeza, ¿cuáles son? Lorca, Rimbaud, Neruda, Machado, Hernández, Yeats. ¿Cómo no escribir adoptando los mundos y las voces de quienes son tus referentes? ¿Cómo atrevernos a escribir sobre desde lo que somos, fuera de todo canon, excluida nuestra experiencia de mujer joven de provincia, sin temer equivocarnos?

La autoconciencia, la conciencia feminista, como la queramos -diría incluso, la podamos- llamar no va a llegarnos como una revelación con tan sólo enunciarla. Precisa unas herramientas, tantas veces sino negadas, sin duda ocultadas. Referentes. Genealogía.

Pienso ahora en Gleyvis Coro, poeta cubana de la diáspora, en un recital de Madrid. Escribe sobre otras poetas cubanas de la diáspora. Reflexiona, investiga sobre ellas, sobre sus vidas. Lo que escriben en Diario Cuba o en las redes sociales. Más que sus poemas, quiere entender su experiencia de poetas cubanas fuera de Cuba. Me deshace la máxima -ya tan maltratada- de «la literatura nos salva». No, no lo hace. Pero me reafirma otra: la compañía acompaña.

Una de las cosas que más me importan en los últimos tiempos no me la ha brindado ninguna línea de pensamiento que no fuera el feminismo. Cómo son los procesos de búsqueda de las otras. Me interesa tanto como los frutos de la búsqueda, el cómo y desde dónde y con qué dificultades se ha realizado. Comprender a otras mujeres que han rastreado su linaje enredando callejas, como escribe Laura Casielles. Toda la parte sacada de todos los relatos funcionales y oficiales de la Historia. Pienso que es imposible comprender el sentido de la disidencia sin pensar en las voces que han quedado fuera del camino, pero que cantan e iluminan, y por estar fuera del foco de las farolas fundacionales, más asombrosa y magnética es su luz.

Por otra parte, me resulta imposible comprender la literatura si no es agradeciendo dos resistencias: la de las mujeres que pese a todo escribían, y la de las mujeres que pese a todo buscaron a las mujeres que escribían.

Trabajar con el lenguaje ha sido un arma de doble filo para comenzar a hacerme las preguntas. Por un lado me ha bloqueado con su esencia la cuestión de muchos cimientos. Creyendo dominar la lengua, caía en la perversión de su propia estética pensando que el juego estaba ahí. Por otro, una vez entendido el lenguaje también como palanca para mover esas piedras, me ha permitido pensar en el nombre del suelo y del techo y preguntarme por qué a ese espacio tan acotado lo llamábamos techo y suelo, cuando los límites para otros eran mucho más amplios o directamente no eran. Cierto es que el techo de cristal corta cuando se atraviesa. E igualmente es cierto que sabe ser dúctil, y hacernos creer que lo hemos traspasado cuando sólo nos ha dejado subir un poquito más, pero sigue marcando el límite.

Como disponer del espacio, el tiempo y la habitación propia para escribir, y hacerlo en masculino. Frente a esto, no decirle a la todavía no mujer de trece años que por qué no escribe en femenino, pero sí pasarle, como quien no quiere la cosa, a Laforet, a Fuertes, a Gopegui. Abrirle el mundo referencial y que entienda que, de todas las historias que se pueden contar, también se puede contar la propia historia.