La Rioja

Electrones libres

La metáfora del verso suelto en la política sirve no solo para describir un tipo singular en la fauna del poder, sino para expresar un ideal poético, de estirpe romántica, que goza de mucha simpatía popular. En cierto modo todas las formaciones necesitan tener un verso suelto que las humanice o que al menos ponga a prueba su capacidad de integrar al disidente. El retrato es conocido: heterodoxo pero no hereje, libertario pero domesticado, con tendencia a salirse del carril pero capaz de prestar buenos servicios al partido, estrafalario pero no incorrecto, indisciplinado pero leal, espontáneo pero bastante previsible. No resulta sencillo conquistar el estatuto de verso suelto, una condición que va más allá de las peculiaridades del carácter. Para llegar a verso suelto hace falta disponer de un capital propio del que se pueda beneficiar el grupo, ya sea en términos de fortuna como Trump, ya de relaciones personales o de tirón electoral como algunos de los agraciados con ese título entre nosotros: Gallardón o Esperanza Aguirre en el PP, Fernández Vara o Puig en el PSOE, el llorado Azkuna en el PNV, el histórico Anguita en Izquierda Unida.

Hay que precisar que en métrica el verso suelto es el que no forma rima dentro de la estrofa, sin que eso suponga que rompe su ritmo. Antes al contrario, refuerza la armonía del conjunto al concederle un punto de naturalidad que aligera la pesadez de lo demasiado perfecto. Y no se olvide que el verso suelto, a diferencia del verso libre, suele tener el mismo número de sílabas que el resto del poema. O sea que tiende a la uniformidad aunque introduzca una nota disonante. Para estos casos los franceses han preferido extraer su metáfora de otras fuentes menos poéticas y los llaman «electrones libres». Tiene más fuerza, sin duda. Tanta, que el último político con esa etiqueta ha emprendido una atómica campaña en solitario hacia el Elíseo. Oiremos hablar de este Emmanuel Macron, salido del gabinete Valls pero echado al monte como un maverick sin marca ni cencerro para entonar sus versos sueltos que son como cantos de sirena en la nueva sinfonía universal del populismo. Sospecho que los versos sueltos están perdiendo parte de su lírica y se encaminan a otra épica en prosa, tan en prosa que adquieren la contundencia de un fenómeno físico, fatal, inexorable. Se nos va poblando el campo de reses asilvestradas que al principio nos caen bien porque parecen traer aire fresco, dan juego a los periodistas y entretienen a la opinión pública, pero que después de esa pantomima de independencia acaban volviendo al redil, es decir, al sistema. Y lo hacen por la puerta grande. A veces con el respaldo de las urnas. Y a veces, ay, sin perder su costumbre de pasarse las reglas por el arco del triunfo si ven que no les convienen. Como electrones libres dentro del átomo social.