La Rioja

LA PLAZUELA PERDIDA

El muro

Si hace unos cuantos años me hubieran nombrado 'el muro', habría pensado en el extraordinario álbum, con ese nombre, del mítico grupo británico Pink Floyd, o en la película, también con ese nombre, del director Alan Parker, cuyo guión escribió el bajista del grupo Roger Water, y que venía a ser un recorrido por la trayectoria musical de la banda británica; o quizá me habría traído a la memoria el libro de Jean Paul Sartre, titulado El muro, que era un conjunto de novelas cortas y que fue muy alabado en su momento; incluso, si me lo hubieran nombrado hace unos meses o un año, habría pensado en el muro de hielo de la serie Juego de Tronos, que tanto gusta al político Pablo Iglesias y cuyo regalo a nuestro Rey, Felipe VI, dio mucho que hablar.

En la actualidad, sin embargo, decir 'el muro' sólo nos trae al pensamiento ese escalofriante muro separador con México que dice querer construir el recién elegido presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, para evitar la inmigración ilegal; y digo que dice querer construir porque me cuesta creer que ese muro de la vergüenza vaya a ser construido.

El muro es una muestra de las contradiciones del ser humano, porque en un país, Estados Unidos, en el que se nombra a Dios para todo, en el que el vicepresidente electo se declara, ante todo, cristiano, resulta curioso que les parezca bien el muro; no sé que doctrina de Cristo siguen estos personajes, desde luego la doctrina del Sermón de la montaña, que me parece la esencia del cristianismo, no.

Lo que más me ha impresionado de todo este lío del muro han sido las escandalosas imágenes de los niños de un colegio gritando: «construye el muro, construye el muro...». Quizá ahí esté la explicación de todas las extrañezas e incredulidades que estos días nos invaden: en la educación, en la mala educación que se está dando a muchos niños americanos. Porque, vamos a ver, después de treinta y cinco años dedicados a la enseñanza, si algo he sacado en limpio es que, además de enseñarles matemáticas e informática, en mi caso, a los muchachos hay que educarlos en unos valores elementales, comunes tanto en la educación cristiana como en la ética laica, a saber: en la solidaridad, en la aceptación de la diferencia, en la igualdad de derechos y deberes, en la igualdad y el respeto entre los sexos, en acercar y unir, no en separar, etc.; porque somos conscientes de que el adulto puede, muchas veces, preocuparse sólo por sus intereses, y sabemos también que toda la gente, siempre, no es de buen corazón, pero ¡los niños! ¡Cómo pueden unos niños gritar «construye el muro»! ¡Qué educación han recibido! ¡Qué harán del mundo cuando sean adultos! Da miedo pensarlo. Creo que en el fondo late una educación para el beneficio de unos, no de todos. Una pena.