La Rioja

Escándalo público

En una sociedad plural y posmoderna como la nuestra, el escándalo público viene a considerarse algo así como el fantasma de las Navidades. Sin embargo, le pese a quien le pese, sigue teniendo un gran valor pedagógico.

La insolencia campa a sus anchas en nuestra nación: cada vez es más frecuente que cualquier llamada de atención sea respondida con un «¿Y a ti qué?»; que los delincuentes, al ser descubiertos o denunciados, se enfrenten a la autoridad pertinente sacando pecho; o que en el debate político se esgrima la idea de que la ley solo obliga si conviene o afecta a otros. Estas actitudes son esencialmente anarquistas y por ello -pese al aparente quijotismo de ciertos eslóganes de la izquierda radical-, particularmente dañinas para los más indefensos. Porque nada ampara tanto los abusos de ricos y poderosos infames como la impunidad que propicia la ausencia de una ley justa, imparcial e indefectible.

Muchos diputados españoles están instalados en el escándalo público y no porque tengan a algunos excompañeros de partido inmersos en juicos por latrocinio o prevaricación, sino por el pésimo ejemplo que transmiten con sus declaraciones, actitudes y obras. A base de retorcer la verdad, la ética y moral más elementales en beneficio propio (para conquistar y mantener el gobierno de la nación o su prominencia social), están emborronando ante la opinión pública la existencia misma del bien y el mal. Según ellos, nada es bueno si no conviene a corto plazo; nada es malo si permite la consecución de algo ambicionado; todo depende del enfoque con que se analice la realidad y esta perspectiva cambia con la sensibilidad, bagaje cultural y provecho de cada cual. ¡Falso!

Bajo el adjetivo 'político' (decisión política, objetivo político, argumento político) amparan cualquier iniquidad y fantasía territorial o ideológica, sin importar la falta de sentido común o fundamento histórico y racional que tenga, sin atender a las consecuencias que de ella se deriven. Por ejemplo, la muerte de inocentes (aborto), el hostigamiento de diversos grupos sociales, mantener un país sin gobierno habilitado durante un año o imposibilitar la gestión del Estado sólo por contrariar al adversario político.

Esos mismos diputados confunden deliberadamente la disciplina de voto (una herramienta al servicio de la unidad de doctrina dentro de los partidos políticos en cuestiones que no tocan a la moralidad personal) con la objeción de conciencia, la cual, por cierto, se reclama para vetar a un determinado presidente pero se reprime a la hora de votar en contra de medidas que facilitan el aborto, dinamitan el ordenamiento civil que protege a la familia o el derecho a disfrutar de plena libertad religiosa. Todos ellos, derechos verdaderamente fundamentales, no como sucede con el nombre del que será presidente en la XI legislatura del Parlamento Español.

También se refugian en la conciencia para justificar su cabezonería. Y recurren al verbo negociar para imponer su desafortunado criterio cuando este no coincide con el de sus respectivos patrones e interventores; y para justificar la aceptación de premisas inadmisibles como el uso de la violencia para conseguir ciertos fines. Es como si viviéramos en un mundo de locos donde todos reclamaran sus derechos (inventados o reales), pero descuidaran sus deberes y ningunearan la forma en que esta irresponsabilidad condiciona las vidas ajenas.

Ahora bien, en una sociedad tolerante con la diversidad, ¿puede hablarse de escándalo público? Pues sí. Se puede y se debe. Porque el problema que plantea el escándalo no es menor: 1) negando la posibilidad de que exista un mal públicamente reconocido y denunciable, estaremos negando que exista un bien razonable, universalmente aceptado y aceptable, que acuse al primero y que merezca la pena ser custodiado y difundido; 2) el escándalo aniquila la esperanza en las clases menos favorecidas: si los que están arriba (responsables, gobernantes, jueces, interlocutores sociales, etc.) no cumplen la ley, ¿cómo la van a garantizar? Y si no hay ley, ¿qué orden social puede florecer?; 3) la desvergüenza pública propicia la expansión de la corrupción a todos los niveles porque da ideas sobre malos usos que a muchos nunca se les habrían ocurrido; 4) despoja a la sociedad del buen ejemplo, un haber que fomenta la altura de miras, que alienta la seguridad individual y estimula la confianza general en un mundo más justo, moderno, libre, ordenado, etc.; 5) cuando viene de parte de un 'mayor' o 'referente cualquiera', socava la autoridad moral del poder legítimamente constituido, cosa que viene sucediendo en España de unos años a esta parte y que es, insisto, sustancialmente escandaloso y anarquista.

¿Qué podemos hacer los ciudadanos preocupados por la falta de decencia y valía personal que demuestran muchos dirigentes? He ahí el tema de reflexión que quería proponerles hoy. Creo que cavilando, conversando, rezando y decidiendo con honestidad podríamos avanzar. Ya saben: «A Dios rogando y con el mazo dando».