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La Senda de los Pescadores, un bello paseo junto a las orillas del Cega
07.12.12 -
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Una selva entre pinares
Si no fuera porque faltan los monos y los gritos de Tarzán parecería que lo que la Senda de los Pescadores atraviesa es la selva del Congo y no las riberas del Cega, en plena Tierra de Pinares segoviana. Pero así es la naturaleza: a veces da la sensación de ser una cosa cuando en realidad es otra. Esta senda, por ejemplo. Si no fuera porque es imposible, parecería que hay un manglar a tiro de piedra de la localidad segoviana de Cuéllar. Tal es la densidad de la vegetación que ha encontrado hueco en el tajo que el río Cega se marca a su paso por los pinares cuellaranos. Como quien no quiere la cosa, y para susto de quien va desprevenido, el río atraviesa estos bosques de pino pinaster, entre los mayores de Europa, dibujando un pequeño desfiladero que en algunos puntos alcanza los 20 o 30 metros de altura, enmarcado por paredes cortadas a pico. La anchura del carril fluvial sorprende en algunos tramos.
En ese espacio es en el que parece que uno no está donde está. Si lo que predomina en el entorno es una interminable masa de pinos y arenales, más bien secorros y churruscantes durante los meses de más calor, quien desciende hasta la orilla del río comienza a pedirle paso a helechos de alturas insospechadas, a transitar por el medio de un polifónico concierto de aves estremecidas de tanta feracidad, a combatir con zarzales, ortigas inmisericordes, hiedras trepadoras y, sobre todo en los meses de verano, mosquitos de trompetas pavorosas. La humedad es la reina de la desmesura y en este tajo prodigioso se brinda un ejemplo de libro. De hecho, si no fuera por el acondicionamiento periódico al que se somete este camino cada cierto tiempo, esta selva ribereña se lo habría merendado con patatas. Es lo que tiene la feracidad selvática: que no se detiene ante nada y aquí se dan algunas circunstancias bien propicias. La principal, las especiales condiciones de luz (escasa) y humedad (mucha) que atesora el río en unos pocos metros de franja (300 entre los escarpes de una orilla y los de enfrente). También la blandura de unos suelos que hacen frecuentes los derrumbes en uno y otro lado a poco que el caudal tome algo de fuerza. En cada una de esas arremetidas silenciosas el río no tiene contemplaciones en deshacer orillas o remarcar meandros –como el derrumbe que obliga al sendero a salvar el río por unas pasarelas colgantes en el tramo 4–. Aunque es, precisamente, la abundancia de vegetación y raíces la principal garante para que este tajo de verdor no se deshaga por una crecida a las primeras de cambio.
Todas esas circunstancias hacen de este territorio ribereño un paisaje cambiante y delicado que sería imposible de transitar con tanto deleite si no fuera por el acondicionamiento realizado hace ya casi una década en un largo trecho de esta ribera para convertirlo en un cómodo paseo de senderistas. Pero gracias a las pasarelas colgantes, los puentes, las escalinatas, las barandillas y las balizas de color blanco y amarillo compartir con el río tanto rincón secreto es una estupenda manera de disfrutar, en esta época del año, de los colores del otoño. La práctica ausencia de desniveles convierte este sendero señalizado en una buena opción para recorrer con niños.
La Senda de los Pescadores, nombre que debe de recibir porque son estos los únicos que se empeñan en buscarle a cada río todos sus remansos provechosos a cambio de dibujarles caminillos de desgaste, tiene una longitud total de 16,5 km de longitud total. De ellos, la mitad más o menos corresponden al recorrido que se realiza pegado a las aguas del Cega y la otra mitad al que se hace a través de caminos que atraviesan los pinares para regresar al punto de partida. Una de las buenas ideas con las que se adorna el sendero es que todo el recorrido se encuentra dividido en siete tramos de unos 2,5 km cada uno, perfectamente señalizados, de manera que cada andarín puede emprender el tornaviaje al final de cada uno de ellos, estirando la excursión según la disposición de tiempo, ánimo, curiosidad o fuerzas. En cada uno de estos tramos se halla señalizado tanto el recorrido junto al río como el que lleva de retorno al principio del paseo. Bien es verdad que, a medida que el paseo se aleja del punto de partida, el camino aparece más comido por la maleza en algunos tramos y algo deshecho en algunos puntos.
Laderas del Guadarrama
El río Cega nace en las laderas del Guadarrama para empeñarse pocos kilómetros después en atravesar un desierto auténtico aunque muy disimulado por los inmensos pinares que tapizan el centro y noroeste de la provincia de Segovia. De hecho, la existencia de esos pinares fue la respuesta pensada en torno al siglo XV para detener el avance constante de los arenales. En los caminos de vuelta hacia el punto de partida de la senda resulta evidente el mar de dunas formadas por la acción erosiva de los vientos, pero detenidas gracias a la tenacidad siempre sedienta de las raíces de los pinos. Si estos arenales pinariegos son verdaderos desiertos con vida propia gracias a la acción vivificante de los pinos, el vergel que se aprieta en la estrecha franja por la que discurre el Cega no es otra cosa que un oasis puesto en fila.
Y uno de los goces que propicia el tránsito por este oasis es la abundancia es especies vegetales que se agolpan en tan poco espacio. Son tantas que identificarlas todas requiere de muchos conocimientos o una guía bien gorda. Así, a simple vista, apuntamos la presencia junto a la orilla de fresnos y alisos metiendo las raíces casi directamente en el agua. Algo más en segunda línea abundan los chopos, típico árbol de ribera que aparece ya con casi todas sus hojas pasando del ámbar al amarillo. Otro árbol típico de las riberas también presente es el sauce blanco. Más alejados de la primera línea de río destacan también la presencia de quejigos, especialmente en el primer tramo de la senda, y avellanos. Y sorprende encontrarse con abedules, más propios del curso alto de los ríos, o pinos silvestres, algo alejados aquí de su hábitat serrano.
Las citadas condiciones de suelo, humedad y luz favorecen también el desarrollo de un estrato arbustivo bastante amplio, generoso en cuanto a frutos a estas alturas del año, y voraz. No faltan endrinos y majuelos, principales responsables de la maraña pinchuda que hace aconsejable recorrer la senda con pantalones largos. También llaman la atención, sobre todo en las zonas más sombrías, las especies trepadoras –hiedras, madreselvas, lúpulos– tapizando troncos vivos y muertos. Más alejados de las orillas, en los suelos del pinar o en las cuestas arenosas, prosperan cantuesos, tomillos, retamas y zarzamoras. Y allá donde pueden, helechos, muérdagos y esparragueras.
El catálogo de aves es también extenso y variable en función de la época del año, aunque siempre con especies asociadas tanto a la vegetación de ribera como a la del pinar: garzas reales, mirlos, lavandera blanca, petirrojo, martín pescador, rabilargo, pito real o pico picapinos, por citar algunas.
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