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ALDEAS DE EZCARAY

Un edificio del siglo XVII, de piedra de mampostería y vigas de haya y roble, da vida a la aldea de Zaldierna
12.11.10 -
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Casa Rural Zaldierna
Interior de una habitación. :: J.T.
El escenario tiene color amarillo y verde en el entorno de un conjunto de singular belleza a la entrada de la aldea de Zaldierna. Una plaza cubierta por las hojas de los tilos y un puente de piedra de un solo arco que sirve de acceso a la iglesia, situada en una terraza sobre el río Aia o Zambullón. La señora Cecilia está sentada junto a la puerta, tomando el sol de una tarde de noviembre. La misma mujer que hace catorce años apareció con dos vacas después de una fuerte tormenta de verano mientras María y su madre esperaban en el coche a que dejara de jarrear. Surgió el arco iris y aquella escena bucólica fue la señal que decidió elegir Zaldierna para quedarse, para comprar una vieja casa y dedicarla a turismo rural.
Dicen que aquella casa fue fonda y en su patio se bailaba con la música del organillo en las fiestas de las aldeas de Ezcaray, aguas arriba del río Glera. Ahora, ese patio es la terraza del bar y del mesón que ocupan las antiguas cuadras en un edificio del siglo XVII, de piedra de mampostería y vigas de haya y roble a la vista por toda la casa. Los primeros peldaños de la escalera son de pizarra. El descansillo, con lavabo y espejo en la esquina, distribuye cuatro dormitorios que combinan paredes monocolores, muros de piedra y suelos de barro, cabeceros de hierro, camas blancas y bovedillas de madera.
Salón en el ático
Pero la sorpresa espera en lo más alto, en el antiguo pajar, donde se encuentra un amplio salón diáfano, con zonas de descanso en sofás arropados por mantas artesanas, el calor de la estufa de leña en la esquina y un rincón de juego y lectura con mesa camilla y brasero, además de cojines sobre una alfombra de piel. Dominan las vigas de madera en el techo a dos aguas, el color azul claro sobre la piedra en los muros y numerosas piezas de adorno repartidas por la encimera del muro que recorre la estancia: maletas, tinajas, muñecos, cajas metálicas... y el cuadro de la bicicleta en la escalera de acceso. Se trata de una obra pictórica del artista Miguel Torres, que utilizaba material reciclable en sus trabajos. En el comedor del mesón destacan también dos obras del mismo autor, firmadas en el año 93, siluetas de un hombre y una mujer que se reflejan en el espejo de la sala.
El sol se esconde pronto entre las cumbres de la Sierra de La Demanda y tiñe de un azul tenue y frío la tarde. La señora Cecilia, rodeada de gatos, camina despacio por esta aldea empedrada, donde se mantiene el respeto por sus habitantes y por la arquitectura tradicional, en un entorno bucólico que transmite aromas de turismo rural.
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