Una calle ancha recorre el barranco de La Corrabia hasta una fuente. Aquí se puede girar a la izquierda, pasando junto a una antigua ermita sin nombre convertida hace tiempo en vivienda particular. En la esquina con el camino de Amunartia, asoma la placa de casa rural. Luego termina la calle en una revuelta sin salida.
Una verja de hierro permite la entrada al porche y al jardín, rodeado por un muro de piedra. Se trata de una casa que fue pajar y cuadra, donde la familia de Aurora, la madre de Fernando, guardaba las vacas, la remolacha, la leña, los conejos y las gallinas. Después se acondicionó para vivienda de fin de semana y para casa rural. Se conservan los muros del pajar, se añadió el porche y se levantó un piso para las habitaciones. También se añadió un edificio anexo que fue el horno de pan comunal del barrio de la Plazuela.
Aperos tradicionales
El porche reúne una colección de utensilios y aperos que recuerdan los usos tradicionales del trabajo en el campo. Hay un trillo de pedernal apoyado junto a la puerta de la casa, además de una pieza gruesa de madera en forma de T invertida para separar las yeguas, una colodra, herraduras, el martillo y el yunque para afilar el dalle, un collarón y la polea para subir la hierba. El jardín tienen dos niveles, separados por un murete de piedra.
Hay un asador y abundan las plantas con flores: dalias, calas, margaritas, hortensias, geranios, rosales, lilas… además de productos de huerta: pepinillos, tomates, zanahorias y cebollas. A la vuelta del jardín aparece el braván y el «topo» del arado. Dentro de la casa hay un yugo en el salón, unas zoquetas para el dalle y dos cribas en el techo que sirven de pantallas para la luz. Aurora explica que la casa tiene calor de gloria en la planta baja, un sistema de calefacción que ya utilizaban los romanos en las viviendas y las termas, y muy frecuente en las casas de la comarca burgalesa de La Bureba, de donde procede el padre de Fernando, para calentar el suelo mediante la combustión de leña desde el exterior de la casa.
Los dormitorios son sencillos, hay uno abajo y dos arriba, con un salón que sirve de distribuidor y ventanales hacia el jardín y hacia la calle, sobre el muro de la frondosa finca de La Cerrada, en el comienzo del Paseo de Arrupia, un sendero que recorre las aldeas despobladas de Amunartia, Masoga, Matalturra y Zabarrula.