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EZCARAY

Se trata de un establecimiento desbordante de encanto y rica gastronomía en Ezcaray, la gran villa turística de la sierra riojana
11.02.11 -
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Casa Masip Hostal
La casa perteneció a una familia madrileña de militares. Primero se acondicionó la planta baja para el restaurante y más tarde se rehabilitó el resto para el hotel
En la fachada sobria de piedra roja y arcos ciegos de ladrillo rústico en los muros más altos, sobresale un mirador de cuatro ventanas cubierto por un tejadillo. La entrada, un portón de dos hojas de madera en cuarterones con aldaba de mano. A la izquierda, el restaurante familiar; a la derecha, un poco más allá, el bar de pinchos en la Plaza de la Verdura, uno de los corazones de la villa de Ezcaray. Dentro, aguarda una sorpresa. En el primer piso se encuentra el Salón Capilla, nombre que se debe a un pequeño espacio situado al fondo de este antiguo edificio anexo, a modo de espolón, que conserva un altar de madera tras las puertas abiertas. A su lado, una encantadora sala de descanso, del mismo tamaño que la capilla, que recibe la luz tamizada por las lamas de madera de las contraventanas de estilo mallorquín.
Se trata de una capilla privada de los propietarios de esta casa durante los siglos XVIII y XIX, que se utilizaba como oratorio para devociones particulares de la nobleza media de entonces, patrimonio de la familia Tejada y los Condes de Torremúzquiz. Un ejemplo de las prácticas y los usos sociales de las clases más elevadas en Ezcaray, según escribe el investigador científico Miguel Ángel de Bunes Ybarra, quien no descarta una posible relación de esta capilla con la desaparecida ermita de Santa Catalina, antiguo nombre de la calle.
Salón galería
Pedro Masip recuerda que la casa pertenecía a una familia madrileña de militares y el nombre de la señora Peña María, a quien compraron el edifico en 1995. Primero se acondicionó la planta baja para el restaurante y más tarde se rehabilitó el resto para el hotel, incluido el espolón de la capilla, donde se encuentra la galería del salón y la puerta de acceso a la escalera, adosada a finales del siglo XIX, para bajar al jardín interior, entre muros de piedra y la fresca compañía de avellanos, ciruelos, rosales, hiedras y laurel.
Las habitaciones se distribuyen por las tres plantas del edificio principal, con contraventanas de madera. Son amplias, todas diferentes, de mobiliario estilo colonial, suelos de tarima y algunas camas con estructura de dosel de madera trenzada y mantas a juego sobre las colchas. Se combinan colores y diseño moderno con el ambiente rústico de los techos de vigas de madera y algunos paños de piedra. Sorprenden los dos baños con acceso al mirador compartido.
La escalera recibe la luz cenital y los suelos son de barro y estrellas azules de aire mudéjar. Arriba, en el ático, hay tres grandes habitaciones con salón independiente, abuhardilladas.
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