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Fuera de las rutas turísticas se encuentran las 7 Villas: pueblos con encanto y profunda historia
30.11.12 -
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Ermita de San Cristóbal en Canales
Alcanzar las fuentes del Najerilla supone un viaje vertiginoso por la carretera LR-113, que serpentea a la vera del río, pero que nos descubre parajes y pueblos con un encanto poco conocido por los riojanos, ya que el Alto Najerilla se encuentra fuera de los folletos turísticos que hacen otras zonas más reconocibles y visitadas. Y encantos no le faltan. Son pueblos que compensan la falta de turismo con la presencia los fines de semana y verano de los hijos del pueblo, que en su tiempo buscaron nuevas y más prosperas tierras.
Este otoño, con las lluvias, el paisaje vuelve a teñirse de verde, antesala de un invierno que allá en las alturas –son pueblos que rondan los 1.000 metros de altitud sobre el nivel del mar– es más largo de lo normal. Visitar todos los pueblos en una jornada resulta imposible, por lo que proponemos varios modos de conocer esta zona de La Rioja serrana.
Una primera propuesta nos llevaría a Canales, Villavelayo y Mansilla. Canales, al sur de la Demanda, es el pueblo más lejano de La Rioja por el Suroeste (80 kilómetros desde Logroño), pero el más cargado de historia. Blas Taracena, con sus excavaciones, ya certificó hace un siglo la presencia de una ciudad romana, que respondería al nombre de Segeda, aunque actualmente no existe vestigio de ella, salvo algunas piedras talladas en latín antiguo. Como la mayoría de estos pueblos su esplendor tuvo lugar en la Edad Media, con los privilegios condales concedidos por el conde Fernán González y el comercio de la lana de las miles de ovejas que pastaban en estos montes. Un royo a la entrada del pueblo, en el barrio de San Andrés, recuerda el milenario de Castilla. Desde aquí se puede observar la iglesia románica de San Cristóbal, del siglo XII, con una arcada única en La Rioja y habitual en los pueblos próximos de la provincia de Burgos. La iglesia, antigua parroquia del barrio de Abajo, destaca por sus capiteles tallados y por su pila bautismal, en forma de vaso.
Justo enfrente del citado royo está el antiguo teatro barroco, que con forma de corral de comedias, está fechado en 1771. Varias ermitas y la iglesia parroquial de la Asunción saldrán a nuestro camino si nos adentramos por sus calles, trenzadas por casas de piedra, algunas blasonadas.
La siguiente parada en dirección a Logroño es Villavelayo, un pueblo que ha sufrido una profunda transformación en su caserío en la última década. La primera parada es la ermita de Santa Áurea, la única santa riojana, y que nos saluda a la entrada del pueblo desde un pequeño altozano. Enfrente, la iglesia parroquial de Santa María de la Asunción. Su origen hay que situarlo allá por el siglo VI-VII, es decir, hace más de 1.200 años. Entre sus piedras encontramos tallas con símbolos propios de la época visigótica, anterior a la invasión árabe.
Según abandonamos Villavelayo nos encontramos con el embalse de Mansilla, que en esta época, de aguas bajas, permite ver algunos de los edificios del antiguo pueblo. De la época de esplendor del viejo Mansilla sólo queda como testigo la iglesia de Santa Catalina, un templo románico de pequeñas dimensiones (probablemente son los restos de la cabecera de una iglesia de mayor tamaño). Desde aquí se puede ver el caserío del actual pueblo, construido sobre una ladera a finales de la década de los cincuenta. Sus casas blancas, todas iguales, fueron levantadas cuando se construyó el embalse. Algunos vecinos decidieron subir al nuevo pueblo pero otros muchos marcharon lo más cerca a Logroño. Serpenteando por la orilla del pantano más grande de La Rioja llegamos hasta su presa, que bien merece una parada para otear el horizonte y ‘medir’ su altura. Junto a la presa se encuentra la pequeña pedanía de Tabladas, con una docena de construcciones levantadas para los encargados del mantenimiento del embalse.
Aguas abajo y por una carretera estrecha de montaña llegamos hasta la Venta de Goyo, donde el joven cocinero Juan Carlos Esteban hará las delicias de los que decidan sentarse en su restaurante. A partir de aquí, y cruzando el puente sobre el río Najerilla, nos adentramos en el territorio de Ventrosa y las dos Viniegras. Visitar estos tres pueblos sería la segunda opción si sólo disponemos de un día.
Ventrosa es un coqueto pueblo, muy cuidado gracias a la iniciativa de la Asociación Villarrica que se preocupa no sólo del presente sino del futuro de su pueblo, recuperando tradiciones, mostrando su folklore... Con motivo de la festividad de Todos los Santos, la Asociación Cultural Villarrica y el Ayuntamiento han abierto las puertas del museo Casa del Maestro, un centro divulgativo del Alto Najerilla formado por materiales donados por particulares, el Museo de La Rioja, el IER y la Biblioteca de La Rioja.
Cerca de Ventrosa se encuentra Viniegra de Abajo, la villa más poblada del Alto Najerilla y que concentra en su escuela a los niños que vienen de los otros pueblos. Lo que más sorprende al visitante, aparte de sus cuidadas calles, son algunas de las casas de indianos. La emigración a América fue especialmente cruda en esta localidad. Algunos de sus vecinos fueron luego importantes emprendedores en Argentina y Chile, que nunca olvidaron las raíces de un pueblo del que ya existen testimonios en época visigótica.
Entre curva y curva, Viniegra de Arriba es la siguiente parada. Cumbre de Las Siete Villas (1.182 metros sobre el nivel del mar), es el pueblo que más intacto permanece en sus calles empedradas y sus casas de piedra, adobe y madera. Merece la pena pasear sin prisa y recorrer todos sus rincones.
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