Zoido se hace con el control de los Mossos en menos de 24 horas

El ministro de Interior, Juan Ignacio Zoido, saluda al nuevo 'major' de los Mossos, Ferrán López. :: r.c./
El ministro de Interior, Juan Ignacio Zoido, saluda al nuevo 'major' de los Mossos, Ferrán López. :: r.c.

Trapero da un paso al lado mientras el cuerpo retira la escolta a los consellers tras asumir que están destituidos

MELCHOR SÁIZ-PARDO BARCELONA.

Era, sin duda, la mayor pesadilla del Gobierno: más de 17.000 mossos rebelándose contra las órdenes del Gobierno central y provocando que la Policía Nacional y la Guardia Civil tuvieran que tomar el control de la seguridad pública en Cataluña. Quizás por eso, era la maniobra más estudiada de todo el 155. Durante los dos últimos meses, los técnicos del Ministerio del Interior habían trabajado sin descanso para garantizar que no iba a haber un alzamiento en el cuerpo autonómico. Ha habido de todo: contactos con los mandos, incluido el entorno del propio Josep Lluís Trapero; toma de temperatura de los sindicatos; investigaciones sobre el ambiente en las comisarias; reuniones secretas con los jefes menos politizados; incluso amenazas -no tan veladas- de que cualquiera que se opusiera a las órdenes del Ejecutivo central se iba a ver sin empleo y sueldo de manera expeditiva. Sea por lo que fuera, Juan Ignacio Zoido se hizo ayer con el control de los Mossos en menos de 24 horas. Una intensísima correspondencia epistolar facilitó esta complejísima maniobra.

Interior, desde luego, no se arrogó ayer todo el mérito y puso en valor los gestos de los Mossos que, desde solo minutos después del anuncio del 155, comenzaron a dar numerosas muestras de que acataban, aunque no compartieran, la nueva legalidad. Las pruebas de lealtad -aunque fuera obligadas- al Ministerio del Interior llegaron mucho antes de que a última hora de la mañana del sábado el Gobierno anunciara que nombraba a Ferrán López, mano derecha de Trapero como su sustituto, respetando así de forma «escrupulosa» la cadena de mando y el revelo natural. El gesto gustó mucho en el cuerpo. López, hasta ahora al frente de la Comisaría Superior de Coordinación Territorial, es un mando valorado y su currículum no deja lugar a dudas a que no es un nombramiento arbitrario.

Pero la designación de López había sido allanada la misma noche del viernes por otro gesto «muy tranquilizador» para el Ministerio del Interior. El director general de los Mossos d'Esquadra, Pere Soler, se convirtió en el primer alto cargo del Gobierno de Carles Puigdemont en asumir su cese por parte del Ejecutivo central. En una carta remitida a los funcionarios hasta ahora a su cargo se despidió de ellos, al tiempo que criticó la intervención del 155.

Zoido respiró tranquilo. La operación de la que puede depender buena parte de la estabilidad de Cataluña en los próximos meses iba por buen camino. Para entonces, en la sede de Interior en Castellana 5 estaban llegando los mails de algunos de los comisarios más nacionalistas a sus subordinados en los que aconsejaban -cuando no ordenaban- que se «respetaran los símbolos» y que nadie tocara una sola bandera de las dependencias policiales llevado por el calentón del momento.

Bajo control

Antes de la medianoche del viernes al sábado, Zoido comunicó a Moncloa que la situación estaba bajo control. Una nueva carta -esta maniobra ha estado plagada de misivas de uno y otro lado- confirmaba que cualquier atisbo de una rebelión generalizada estaba descartado, aunque siempre puedan quedar «reductos». La carta de la Prefectura de la Mossos, el departamento que dirigía Trapero hasta la madrugada de este sábado, no llevaba la firma del 'major' pero si su estilo. Las órdenes pedían «neutralidad» a todos los mossos y les recordaba que «actuamos en representación de la institución a la que pertenecemos y no a título individual».

La anunciadísima destitución de Trapero tuvo lugar de madrugada. El propio Zoido, sabedor de que el ya 'exmajor' no estaba por caldear los ánimos, se apresuró a asegurar en un tuit que su cese se debía exclusivamente al hecho de que está imputado por sedición.

Las palabras templadas del ministro y el suave comunicado del Ministerio del Interior eran parte del pacto para no incendiar el cuerpo que debe velar por la tranquilidad en Cataluña. Trapero, a pesar de la lista de desencuentros con Madrid y con la justicia, cumplió su palabra en esta maniobra para no llevar a los mossos a un callejón sin salida. Y lo hizo, como no, con otra carta, en la que llamaba a la «lealtad y comprensión» hacia las decisiones de los mandos que les sustituyen. La carta de Trapero fue un bálsamo para un cuerpo que no estaba ya para ninguna revolución. Otra misiva, la de Ferrán López, pidió a los agentes seguir «trabajando de manera profesional».

Solo algunos portavoces de algún sindicato independentista llamaron, de forma muy tibia, a una espcie de insurrección. Pero la suerte ya estaba echada, como demostró el hecho de que la misma noche del viernes los propios Mossos retiraron las escoltas a los consejeros del Gobierno de Puigdemont al considerarles oficialmente destituidos. Zoido había sofocado cualquier atisbo de asonada. Al menos por ahora.

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