Los vetos envenenan el día después

Iceta se convierte en el primer candidato a la investidura si nadie consigue completar el puzle de mayoría Junqueras y Puigdemont se atribuyen la legitimidad para ser presidente de la Generalitat

RAMÓN GORRIARÁN

barcelona. La campaña electoral catalana bajó la persiana ayer a medianoche con la lógica incertidumbre sobre quién va ganar y, la más acuciante, quién va a gobernar. La primera incógnita se despejará mañana, la segunda tardará más si es que se llega a resolver porque los vetos anunciados en estas dos semanas previas presagian un paisaje envenenado tras la batalla electoral que puede despertar el fantasma de la repetición de las votaciones.

Las fuerzas independentistas creen tener al alcance de la mano reeditar la mayoría absoluta de la pasada legislatura aunque las encuestas no avalan esa confianza. Los constitucionalistas, con menos fe, también se aferran a la esperanza de conseguirla. Pero el escenario más probable es que ni unos ni otros lleguen a sumar los 68 escaños y que Catalunya en Comú Podem, con su discurso entre dos aguas, tenga la llave para gobernar.

Pero no va a ser fácil la investidura del próximo presidente de la Generalitat. Es cierto que en campaña hay barra libre para los vetos, es parte de la dialéctica electoral; pero el día después suele ser otra cosa, el baño de realidad se impone y las líneas rojas se borran. De entrada, sin embargo, sumar mayorías se antoja una tarea hercúlea.

El escenario más probable es que ni unos ni otros lleguen a los 68 escaños que dan el control del Parlament

Ni siquiera las alianzas que parecen evidentes están claras. El entendimiento entre Ciudadanos, PSC y PP, que muchos daban por cantado si sus apoyos suman para la mayoría, no se puede dar por hecho. «No creo en una investidura con el PP, Ciudadanos y PSC, no solo porque los números no dan, sino porque no responde a la transversalidad del país», avisó ayer el socialista Miquel Iceta. El líder del PSC solo ve dos escenarios: un presidente independentista o Iceta presidente. Para que no queden dudas, anunció que será candidato a la investidura si nadie tiene la mayoría aunque los socialistas sean la cuarta fuerza que prevén los sondeos. Quiere jugar su baza de ser el aspirante que suscita menor rechazo en otras fuerzas.

Hasta el PP, condenado a ser el farolillo rojo del constitucionalismo, tiene reparos para la mayoría antisoberanista. Prefiere, si los números dieran, tragarse el sapo de apoyar la investidura de Iceta que encumbrar a 'la princesa' Inés Arrimadas. Las repercusiones nacionales que tendría ese reconocimiento podrían ser un avispero para Mariano Rajoy y el PP.

La candidata naranja, sin embargo, no tira la toalla y está convencida de que si se presenta la oportunidad de descabalgar al soberanismo ese objetivo prevalecerá sobre las miserias de los partidos. Ciudadanos, incluso, ha dado un paso hasta ahora impensable en procura de ese fin, pedir la colaboración de Catalunya en Comú Podem en una hipotética investidura. Un auxilio que para los comunes es un oxímoron.

Tampoco reina la armonía en el mundo independentista. La alianza de secesionista permitió gobernar a Carles Puigdemont la pasada legislatura, pero la suma de Esquerra, Junts per Catalunya y la CUP no se puede dar por descontada a estas alturas. A las reticencias históricas de los antisistema a ser compañeros de viaje de los herederos de Convergència, aunque su líder sea un soberanista genuino como Puigdemont, se ha sumado el conflicto de legitimidades que dirimen el republicano y el expresident. Si el líder de Esquerra lanzó una andanada el lunes a su exsocio huido a Bruselas -«no me escondo nunca de lo que hago, soy consecuente»- el candidato de Junts per Catalunya respondió ayer con un calibre equivalente: «Estoy en Bélgica porque no nos escondemos, porque somos consecuentes con el deseo de los catalanes».

Junqueras quiere gobernar si Esquerra y el independentismo ganan mañana. Puigdemont se considera el presidente legítimo y, si vencen los soberanistas, solo se plantea ser restituido en su puesto con independencia del apoyo a su candidatura. Todo lo demás, dice, sería traición y legitimar la aplicación del 155. El exvicepresidente apela a la legitimidad de las urnas, el expresidente, a la de la historia.

Si en lo que parecen los acuerdos probables hay dificultades para que lleguen a buen puerto, en el resto de variantes la complejidad es extrema porque la transversalidad en Cataluña cotiza a la baja. Catalunya en Comú Podem, la mejor colocada para ser la depositaria de la llave, coquetea con la idea de un acuerdo «progresista» con Esquerra y PSC. Su candidato, Xavier Domènech, tentó hoy a Iceta y le tendió la mano para «hacer un gobierno transversal, que no se hace con (el popular Xavier García) Albiol ni con Arrimadas». Los comunes saben que en el PSC horripila el acuerdo con el PP y tampoco gusta su «media naranja».

Esta entente de fuerzas izquierda, pese a la presencia del PSC, «cómplice del 155», también es vista con buenos ojos en Esquerra, que pujaría por incorporar a la CUP. Pero los socialistas la condicionan a la renuncia de los de Junqueras a la vía independentista, y, claro, Esquerra no prevé ese volantazo.

Esta extrema dificultad para pergeñar acuerdos postelectorales ha puesto de manifiesto que la fractura que pretendía suturar las elecciones, lejos de coserse se ha ahondado; y lo que es peor, ha alumbrado grietas donde no las había.

La gestión del día después de las elecciones, a tenor de lo visto y oído en la campaña, se asemeja a un puzle con pieza redondas y cuadradas de imposible encaje. Pero ya se sabe que la política es el arte de lo posible, y que lo dicho en vísperas electorales se lo lleva el viento.

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