Torra logra la investidura por un voto para reiniciar el 'procés' bajo la tutela de Puigdemont y la CUP

Torra recibe los aplausos de los diputados independentistas tras ser investido por el Parlamento de Cataluña. :: Marcel.lí Sàenz/
Torra recibe los aplausos de los diputados independentistas tras ser investido por el Parlamento de Cataluña. :: Marcel.lí Sàenz

El presidente 131 jura lealtad a la república, admite errores en el independentismo y concluye su discurso con un «Visca Catalunya Lliure»

CRISTIAN REINO BARCELONA.

Con los votos de Juns per Catalunya y Esquerra Republicana y la abstención de los cuatro diputados de la CUP, el Parlamento de Cataluña invistió ayer a Quim Torra por solo un voto de diferencia como nuevo presidente de la Generalitat. Su elección en segunda ronda puso fin a una etapa de casi siete meses sin gobierno, desde la declaración fallida de la independencia y la destitución del anterior Ejecutivo autonómico después de que el Senado aprobara la aplicación del artículo 155 de la Constitución.

La política catalana estrena la 'era Torra', que nace marcada por la larga sombra de Carles Puigdemont, quien le ha designado a dedo y quien se resiste a dejar el timón, a pesar de que se niega a regresar a España porque sería detenido y puesto a disposición judicial. Torra, que fue duramente criticado por toda la oposición que le ve como un supremacista antiespañol y xenófobo, dejó claro que será un presidente interino y provisional. No en vano, sus primeras palabras nada más ser elegido fueron para agradecer la «generosidad» de su antecesor y asegurar que será investido. «Nuestro presidente es Carles Puigdemont», insistió en su discurso previo a la votación, como ya hizo en la alocución del sábado.

El nuevo presidente de la Generalitat escenificará hoy el tutelaje que ejerce su mentor ofreciendo junto a él una rueda de prensa en Berlín. Reforzará así la idea de que el Gobierno catalán ya no solo tiene su sede en Barcelona, sino que también en el 'exilio'.

El propósito del líder de JxCat, verbalizado ayer por el nuevo presidente de la Generalitat, el décimo desde la Segunda República y el 131, según la numeración soberanista que remonta la existencia de la Generalitat al siglo XIV, es que el poder esté repartido entre el llamado Consejo de la República, que liderará él mismo desde Berlín o Bruselas, y las instituciones catalanas, que verán cómo se levanta el 155 en breve, en cuanto se forme el Gobierno, lo que podría ocurrir a finales de esta semana. Antes, Torra, una vez que el Rey rubrique el nombramiento oficial, tendrá un máximo de cinco días para tomar posesión de su cargo en el Palau de la Generalitat.

De entrada sus objetivos para la legislatura son dos: «Ir de la restitución de las instituciones a la recuperación de la democracia» y la elaboración de un proyecto de Constitución, que llegará a través de un proceso participativo con los ciudadanos.

El dirigente nacionalista asume la Presidencia con el propósito de volver a impulsar el proceso secesionista y retomarlo en el punto que quedó el pasado 27 de octubre, después de que la Cámara catalana proclamara la república. «Seremos leales al mandato del referéndum: construir un estado independiente en forma de república», fue su tarjeta de presentación, un objetivo que quiere iniciar de forma abrupta, desafiando al Tribunal Constitucional, mediante la recuperación de 16 leyes suspendidas por el alto tribunal en la pasada legislatura. Torra plantea también resucitar la «asamblea de cargos electos», que desde la oposición tachan como un parlamento paralelo, aunque se desconocen sus funciones.

Lealtad republicana, fidelidad al padre (Puigdemont) y obediencia a la CUP, a la que Torra encargó el papel de guardián del proceso para que se mantenga en «alerta» por si el Ejecutivo cae en la tentación de hacer «autonomismo». De perfil conservador, neoliberal y de derechas, el presidente de la Generalitat gusta a la CUP por su radicalidad. Y por sus gestos: «Las calles siempre serán nuestras», exclamó aún como candidato, porque es un firme creyente en que una de las vías de ación republicana debe recaer en una «ciudadanía movilizada e involucrada en el proceso constituyente».

Torra asume un mandato «muy duro», según reconocen fuentes independentistas. Tiene a la mitad de la Cámara catalana muy en contra, como se visualizó ayer y estrena una fase que estará llena de retórica y simbología republicana, como la decisión de colocar un lazo amarillo en la fachada del Palau de la Generalitat o el nombramiento de un comisionado contra el 155, pero el día a día autonómico obligará al nuevo presidente a darse de bruces con la realidad.

Fuentes de su entorno reconocen que la desobediencia no será tan fácil de llevar a cabo como desean, ya que de primeras se encontrarán con la amenaza de un nuevo 155 y con la negativa de Esquerra, que controlará la mitad del Ejecutivo, casi como si coexistieran dos gobiernos simultáneos (tres si se suma el del 'exilio'). Fuentes republicanas anticipan que las relaciones entre los dos socios serán cuanto menos tormentosas. En parte, porque ERC quisiera un gobierno efectivo que se ponga a trabajar ya, mientras que JxCat aboga por un gabinete provisional.

Insiste en dialogar

En las formas, Torra estuvo ayer más suave que el sábado. Ya no tenía que seducir a la CUP y trató de modular su tono. Reconoció que el independentismo ha cometido errores en los últimos meses, aunque no precisó cuáles. Volvió a «lamentar» además los tuits xenófobos escritos en el pasado.

Y, como en la primera jornada, volvió a tender la mano al Gobierno de Mariano Rajoy para sentarse a hablar. «Iré encantado» a la Moncloa, «mañana mismo», señaló. «Queremos hablar de tú a tú», dijo. Lo que ya no está claro es sobre qué quiere negociar el independentismo teniendo en cuenta que el Gobierno ha cerrado la puerta al referéndum. «Diálogo sin condiciones», dijo Torra el sábado.

Fuentes de su entorno señalan que están a la espera de recibir la llamada de Rajoy. «Querían que hubiera gobierno y ya lo hay», ahora les toca a ellos dar el paso, señalan desde la parte secesionista, que admiten que hay una parte «racional» del PP, con la que no descartan iniciar conversaciones.

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