DEMASIADO TARDE

La mención a que el anuncio de ayer pudo haberse producido años atrás encierra otra realidad. La de una izquierda abertzale incapaz de enfrentarse a su propio destino y de deshacerse de sus lastres

KEPA AULESTIA

El último comunicado de ETA obvió algo que recogían tanto su hiriente declaración de reconocimiento del daño causado, como la carta dirigida a los 'mediadores' que le han acompañado en su final: la mención a que su desaparición pudo haberse producido mucho antes. Los ahora disueltos no son capaces de responder a la pregunta de por qué no fue así; a qué se ha debido tan prolongado y doloroso absurdo. Sencillamente porque se resisten a entreabrir siquiera la puerta a la autocrítica. Porque, acto seguido, tendrían que explicar en qué momento de su trayectoria pudieron haber renunciado al terror; es decir, cuáles fueron las víctimas que pudieron haberse ahorrado asesinar adelantando su desistimiento en el tiempo. La continuidad de la muerte aparece como el tributo de ETA al mantenimiento de su unanimidad. No se veía capaz de cortar su trayectoria con anterioridad porque nadie en su seno podía asegurar que su inercia violenta no fuera a prevalecer sobre la decisión de abandonar las armas.

En los cincuenta y tantos años de la ETA armada hubo numerosos intentos de renuncia al empleo de la violencia física. Intentos cuyos protagonistas cejaban pronto de involucrar al conjunto de la organización en el desarme; porque eran despedidos inmediatamente, o preferían escindirse o darse de baja de la espiral. Ha de reconocerse que la culminada el día de ayer ha sido la única iniciativa en la historia de ETA en la que sus actores se han propuesto asegurar la unanimidad para evitar dejar un cabo terrorista suelto a la hora de desactivar, desarmar y disolver finalmente la organización. Aunque ésta sería una versión tan benévola sobre las pulsiones de los integrantes residuales de la banda que tampoco correspondería a la verdad en cuanto al pretendido «final ordenado». Especialmente porque el mismo describe una larga etapa que cuando menos dio inicio en los intentos de negociación por parte de Rodríguez Zapatero. Con una tregua rota en el estrépito del atentado de la T-4, evidenciando que el juego de equilibrios en el seno de ETA se cebaba con víctimas propiciatorias. De modo que la unanimidad lograda para formalizar la desaparición de la banda no puede ensalzarse como virtud estratégica, sino como muestra de la cobardía con la que unos pocos se mantuvieron en el terror con el falaz argumento de que así trataban de evitar que otros pocos perpetuaran la existencia de ETA.

Claro que la mención a que el anuncio de ayer pudo haberse producido años atrás encierra otra realidad. La de una izquierda abertzale incapaz de enfrentarse a su propio destino y de deshacerse de sus lastres. La de una izquierda abertzale que, en una reflexión acallada por sus cadenas, se pregunta si hoy se encontraría mejor, más desahogada, de haberse adelantado el final de ETA. Cinco, diez o quince años. Aunque le resulta inútil y desmoralizante especular sobre si así hubiera podido liberar energías independentistas y rupturistas en Euskal Herria; sobre si así hoy estaría en condiciones de hacerle sombra al pragmatismo del PNV y, en esa medida, condicionar su estrategia. La coacción etarra era, también, el factor principal de cohesión con que la izquierda abertzale operaba, sin capacidad alguna para emanciparse siquiera formalmente -verbalmente- de la banda terrorista. Hoy no cuenta con margen alguno para el lamento porque el final de ETA no se produjera a tiempo; no se anunciara en su momento como una concesión creíble de paz para conducir a Euskal Herria hacia la independencia o hacia la vivencia del soberanismo 'a la catalana'.

La declaración del cese definitivo de la actividad terrorista liberó en 2011 energías en cuanto a la severidad de las críticas ciudadanas hacia el pasado etarra. La parafernalia del desarme redobló el desdén mayoritario hacia la trayectoria de ETA. El alargamiento de la escena final recrudece el reproche moral hacia el comportamiento de una minoría tan exigua como patética en su empeño por atraer la atención sobre algo que se acabó hace tanto tiempo. La orfandad de la izquierda abertzale se hará sentir porque se enfrenta a una situación inédita para ella. Ni puede contar con los últimos restos de una coacción ambiental, ni cuenta ya con la cohesión interna que le brindaban las siglas ETA.

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