ENTRE EL SUEÑO Y EL RIESGO

ENTRE EL SUEÑO Y EL RIESGO

Aunque el acceso al poder de Sánchez despierta más dudas que esperanzas y encontrará más zancadillas que aportaciones, tampoco hay razones para dar rienda suelta al pesimismo y volverlo catastrofista

DIEGO CARCEDO

Cuando esta mañana de sábado, pero no de relax, Pedro Sánchez se despierte empezará a percatarse de que el sueño a que le sometió el agotamiento de anoche es una realidad ilusionante. El cúmulo de dudas, preocupaciones y problemas le embotarán durante el desayuno una cabeza que necesitará tener desde ahora muy despejada. Lo primero que tendrá que decidir es lo más simple: por dónde empezar. Tiene experiencia de retos difíciles y ha demostrado decisión para afrontarlos y flexibilidad para resolverlos, pero ante cuarenta y seis millones largos de personas cuyo futuro inmediato está en buena medida en sus manos, no es difícil imaginar el estremecimiento que le causará el sentido de la responsabilidad que acaba de asumir.

Hereda de manera mucho más rápida de cuanto tuviera previsto la presidencia de un Gobierno del que no existe ni germen y que tendrá que formar apresuradamente y, en paralelo, un montón de cuestiones que deberá acometer sin tiempo para reflexionar. El cambio fue tan rápido que no deja margen para un relevo organizado, como suele ser costumbre en democracia, de una Administración Pública muy afianzada, concentrada en las manos de un solo partido y bajo la presidencia de un líder no carismático, pero sí enigmático y personalista, en el manejo de las decisiones. Estructurar un gabinete coherente y eficaz no se limita a escoger quince nombres entre militantes destacados. Hay que considerar otros muchos detalles y procurar equilibrios desde ideológicos hasta geográficos, empezando por la paridad de géneros.

Pedro Sánchez todavía no había consolidado su liderazgo en el PSOE después de las graves vicisitudes que le llevaron a renunciar al cargo para volverlo a recuperar, no sin dejar fisuras graves, ni a compañeros de partido fuera de circulación política ni carentes de resentimientos que el tiempo todavía no ha restañado. El partido tiene banquillo político y administrativo, con personas de prestigio y experiencia en las tareas del Gobierno, pero algunas se hallan alejadas de la estrategia actual y atraerlas de nuevo a su casa política común necesitará vencer resistencias y propiciar olvidos. La tentación del poder es indudable que le facilitará la tarea, aunque recuperar la confianza perdida de algunos probablemente resulte más complicada.

Y no es sólo la formación del Gobierno y el complejo trámite de renovar las instituciones de arriba abajo lo que en estos momentos preocupará a Pedro Sánchez y a su equipo más íntimo. Quizás todavía no sea hora de pararse a pensar en un futuro dependiente de unas cámaras legislativas en las que sus iniciativas aparecen de partida predestinadas a naufragar ni siquiera en el reto electoral que ya a fecha fija tendrá que afrontar su partido el año próximo, con tres citas ante las urnas junto a la premonición generalizada de que, por bien que vayan las cosas, tampoco podrá demorar mucho la convocatoria de las elecciones generales. La sensación de provisionalidad que causará su Gobierno va a estar pesando permanentemente sobre su gestión.

Con todo, hay cuestiones más urgentes, de las que no esperan. Ahí está el conflicto catalán, sobre el cual es copartícipe de decisiones en vigor -la publicación en el BOE del nuevo Govern y por lo tanto el levantamiento del artículo 155 le libera de la maledicencia de que fue un pago por el apoyo de los independentistas a la moción de censura- y al mismo tiempo rehén de las tibias promesas de iniciar diálogo dentro de los límites constitucionales y legales con los líderes secesionistas, empezando por el president Torra, que hizo durante el debate.

Para salir adelante de tan compleja encrucijada, es evidente que ilusión no le faltará y conocimiento de los riesgos que asume, tampoco. Aunque su acceso al poder despierta más dudas que esperanzas y encontrará más zancadillas que aportaciones, tampoco hay razones para dar rienda suelta al pesimismo y volverlo catastrofista. La situación política era caótica, la continuidad de Mariano Rajoy al frente del Ejecutivo era un milagro que se repetía un día tras otro, y el relevo a pesar de la improvisación no puede ser atribuido a ningún movimiento o treta condenable. Se produce con todas las de la Ley y lo respalda la pluralidad de un Parlamento en el que, a la vista está, caben todas las opciones representativas de la opinión pública.

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