Las siete vidas del gato convergente

Puigdemont, listo para una comparecencia pública en Bruselas tras los resultados  del 21-D. :: AFP/
Puigdemont, listo para una comparecencia pública en Bruselas tras los resultados del 21-D. :: AFP

El instinto de supervivencia de la antigua Convergència vuelve a situarle, con la candidadura ideada por Puigdemont, como fuerza de referencia en Cataluña

CRISTIAN REINO

Convergència, bajo diferentes siglas, coaliciones o nombres, lleva gobernando Cataluña desde el año 80 -salvo el paréntesis de los siete años tripartitos de Maragall, Montilla y Carod (2003-2010)- y se prepara para seguir llevando las riendas del gobierno catalán en los próximos cuatro años, si Junts per Catalunya y ERC se ponen de acuerdo para formar un gobierno tras las eleciones del 21-D. En estos casi cuarenta años, a la antigua CDC se le ha dado por muerta unas cuantas veces. Tiene más rasguños que nunca y no dispone de la fuerza que llegó a concentrar Jordi Pujol (72 diputados), pero sigue en la primera línea, con el poder en sus manos mientras Esquerra se lamenta. «No conseguimos ganar, porque siempre fallamos en los momentos decisivos», reconoce un veterano dirigente republicano.

Casi ninguna encuesta vaticinaba que la lista de Carles Puigdemont adelantaría a la de Oriol Junqueras, pero en la candidatura de la que formaba parte el PDeCAT confiaban en sus fuerzas. «Vamos a ganar las elecciones», pronosticaban en público y en privado. Una victoria de Esquerra habría situado a este histórico partido como el referente del soberanismo por primera vez desde 1931 y habría abierto las puertas a su gran objetivo, que no es otro que convertirse en una especie de Scottish National Party a la catalana, un aglutinador todas las fuerzas nacionalistas, el fin del reinado convergente.

La formación que lidera Junqueras lo tenía todo de cara para dar el 'sorpasso' definitivo. Pero Junts per Catalunya, la muy personal fórmula elegida por Puigdemont para presentarse a los comicios ha sido el último capítulo que evidencia la capacidad de Convergència de adaptarse, reinventarse y demostrar que tiene siete vidas como un gato. Pujol inoculó en las venas del partido la ambición por el poder y sus sucesores han sabido mantenerla.

El último milagro se gestó el pasado 7 de noviembre. Aquel día, Puigdemont, fugado a Bruselas desde el 30 de octubre, se reunió en la capital comunitaria con Artur Mas, presidente del PDeCAT, y Marta Pascal, coordinadora del partido. Rajoy ya había convocado las elecciones del 21-D, Esquerra iba como un tiro en los sondeos y ellos no tenían una candidatura clara.

Salvación in extremis

El exalcalde de Girona cogió entonces el timón y lanzó un ultimátum. Exigió a los suyos -que por entonces se planteaban reconducir la deriva sececionista- manos libres para confeccionar una lista propia. Les avisó de que sin él se deslizarían hacia la irrelevancia, que con él como cabeza de una candidatura del PDeCAT solo obtendrían 20 diputados y que con una lista más abierta, que no arrastrara el lastre de unas siglas aún salpicadas con la corrupción, ganaría los comicios.

Mas y Pascal aceptaron. Sacrificaron a su formación por un buen resultado electoral y el tiempo les ha dado la razón. También a Puigdemont, que ha protagonizado la campaña más personalista que se recuerda, con la única propuesta de «o yo o Rajoy». En la antigua Convergència están tan satisfechos con el resultado, que ya se plantean repetir la fórmula «ganadora» de Junts per Catalunya para las elecciones municipales. Y en cuanto el candidato de Junts per Catalunya sea investido, tanto si es Puigdemont como un aspirante alternativo, el PDeCAT habrá consumado su enésima salvación in extremis.

La anterior fue en 2015. El proceso estaba ya lanzado. Mas había celebrado la consulta del 9-N de 2014, pero Jordi Pujol, fundador y líder histórico de Convergència, había reconocido que tuvo durante décadas una fortuna en paraísos fiscales. Una bomba, que se sumaba a la alargada sombra del 3%, y al 'caso Palau', que ponían a la formación nacionalista en el disparadero. Muy mal cartel para presentarse a unas elecciones. La fórmula que Mas se sacó de la chistera fue Junts pel Sí. ERC tuvo que aceptarla, para no quedar como un traidor al proceso, y con la promesa de que se trataba de convocar el referéndum que Madrid no les había dejado celebrar.

Bajo el paraguas de la coalición con los republicanos, que incluía a dirigentes de la sociedad civil, CDC, que para entonces ya se había divorciado de Unió, consiguió evitar una posible derrota electoral. Mantuvo la presidencia, aunque luego la CUP elevó las exigencias y Mas tuvo que renunciar a favor de Puigdemont. El instinto de supervivencia convergente afloraba en el momento en que todo parecía perdido. De hecho, este instinto está en el origen de todo el proceso soberanista. Algunos lo sitúan en la sentencia del Constitucional contra el Estatuto (2010), pero fue un año después cuando, en plena crisis económica, Mas, que gobernaba de la mano del PP, se subió a la ola ciudadana. Había visto las orejas al lobo el día en el que se vio obligado a llegar en helicóptero al Parlamento catalán para sortear los disturbios contra su política de recortes sociales. Venían curvas.

Tras aquella imagen de impacto, CDC pasó del soberanismo al independentismo contra el que se había pronunciado en no pocas ocasiones y arrancó un artefacto político bautizado «proceso secesionista», que le ha permitido mantener el liderazgo. Desde entonces, la pugna con ERC lo ha marcado todo. Ninguno ha querido frenar, hasta el 27 de octubre, en que el Parlamento declaró la independencia. Puigdemont quizá no pueda ser investido si no regresa a España, pero el PDeCAT con toda seguridad volverá a reinventarse.

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