EL 'SENY' DESPUÉS DE LA MENTIRA

Puigdemont deberá rendir cuentas de los engaños que ha encabezado

ANTONIO PAPELL

Si todos los conflictos territoriales son difíciles de gestionar y resolver, el de Cataluña agrava su complejidad por el hecho de que se basa en una sarta de mentiras históricas. Los historiadores más acreditados de este país ya se han ocupado de demostrarlo, pese a la pertinacia de los intoxicadores profesionales al servicio de la Generalitat, y si alguno lo duda, que busque las ecuánimes protestas de eminencias como Vicens Vives o Santos Juliá clamando sobre la tergiversación del pasado para construir un trucado relato nacionalista. Conviene traer por ejemplo a colación un artículo que Vives, poco antes de su temprana muerte (murió en 1960 a los 50 años), escribió en 'Serra d'Or' denunciando que la «coacción romántica» seguía planeando sobre «las producciones de nuestros más eminentes historiadores, alguno de los cuales ha llegado a confundir historia romántica con historia nacional».

Pero la mentira tiene siempre las patas cortas, y, dejando aparte la mendacidad pasada que ha construido todo un universo imaginario sobre el ser y el estar de Cataluña en España y en el mundo, hoy Puigdemont deberá rendir cuentas inexcusablemente de la sarta de engaños contemporáneos y cercanos que ha encabezado personalmente. El de que 'una inmensa mayoría de catalanes' está por la independencia, el de que Cataluña seguiría en la Unión Europea en caso de secesión, el de que el referéndum se ha llevado a cabo con suficientes garantías, el de que la economía catalana no sólo no se resentiría, sino que con la secesión empezaría en el Principado una etapa de gran prosperidad...

La marcha precipitada de Cataluña de las sedes de las grandes empresas, por un lado, y la meritoria movilización tardía de centenares de miles de catalanes que están en contra de la infame aventura separatista y que no se habían pronunciado hasta ahora porque seguramente piensan, con Ortega, que no hace falta explicitar lo obvio, por otro, deberían terminar de convencer a Puigdemont y a los suyos de que prestarían un gran servicio a los catalanes, a los españoles y hasta al ámbito europeo en su conjunto si recularan de una vez e hicieran gala del proverbial 'seny' catalán, que sin duda recomienda echar el freno, contener la deriva hacia ese mundo paralelo que el independentismo ha creado y regresar a la senda de la legalidad, que conduce al paraje donde puede empezarse a buscar una salida lo menos lesiva posible para todos.

La independencia no llegará por ese camino actual, que conduce a la división dramática de los propios catalanes, a su empobrecimiento y a un confinamiento penoso de Cataluña que interrumpiría su prosperidad. El Estado no puede consentir semejante desvarío y habría de actuar. Y si las cosas son de este modo, la obstinación sería en este caso un imperdonable pecado de lesa patria.

Fotos

Vídeos