El señor de los charcos

Catalá, en una comparecencia en el Congreso por el 'caso Lezo' el año pasado. :: emilio naranjo / efe/
Catalá, en una comparecencia en el Congreso por el 'caso Lezo' el año pasado. :: emilio naranjo / efe

Goza, sin embargo, de la confianza de Rajoy, que se fijó en él por su perfil de gestor y más discreto que Ruiz-Gallardón El ministro de Justicia carga con una larga cadena de declaraciones y comentarios inoportunos

RAMÓN GORRIARÁN

madrid. Dotado de una facundia asombrosa, impropia de un ministro del gusto del presidente del Gobierno, Rafael Catalá se ha convertido en un dolor de cabeza para la Moncloa por sus controvertidos comentarios. «Va por libre, no se coordina», dicen en el PP, aún consternado por sus palabras sobre el juez disidente de la sentencia de La Manada. «No debo ser ciego, sordo y mudo», se ha defendido ante las críticas por haber aludido al «problema singular que todos saben» del magistrado Ricardo González.

Es una 'rara avis' en la galaxia Rajoy, que prefiere ministros del corte Dastis. Catalá, en cambio, «remata todos los balones», dice un compañero suyo, y siempre tiene algo que decir por delicado que sea el asunto. En un Gobierno poco hablador, siempre encuentra tiempo para las declaraciones. Y tanto va el cántaro a la fuente que a veces resbala.

Acredita el triste mérito de ser el primer ministro reprobado por el Congreso por «obstaculizar la acción de la Justicia en las causas judiciales por delitos relacionados con la corrupción». Un tirón de orejas tras sus críticas a las fiscales del 'caso Púnica' por no archivar la causa que afectaba al presidente murciano Pedro Antonio Sánchez. En el mismo paquete iban el fallecido fiscal general José Manuel Maza y el dimitido jefe de Anticorrupción Manuel Moix. Aquella «injerencia» motivó que asimismo fuera reprobado por el Consejo Fiscal. También inédito.

Su mensaje con Ignacio González en plena investigación de Púnica le colocó en el disparadero

Pero su querencia por enredar en el Ministerio Público venía de antes. En su día, se negó a renovar el mandato de la fiscal general Consuelo Madrigal por resistirse a ciertos nombramientos, entre ellos el de Moix. Una designación que, al parecer, anhelaba el expresidente madrileño Ignacio González para detener la investigación de su ático en Marbella.

El exgobernante le dejó con las vergüenzas al aire en una conversación telefónica con el presidente del Atlético de Madrid y amigo de ambos, Enrique Cerezo, que contó a su interlocutor a propósito del ático: «Me encontré el otro día con Rafa y me dijo que lo está mirando». A lo que González respondió: «A mí me puso el otro día un mensaje encantador». El mensaje en cuestión era que «ojalá se cierren pronto los líos». Catalá intentó sepultar la polémica: «Fue una frase de cortesía» referida a la situación política general (el Gobierno estaba en funciones). Además, se jactó de contar con Rajoy, que le había dicho que «estas cosas pasan». Un agradecimiento envenenado porque refrescó a los despistados el mensaje del presidente a Bárcenas, «Luis sé fuerte».

Panamá y Gürtel

No fue el único charco que ha pisado en los últimos años. En noviembre de 2016, después de haber sido elegido diputado del PP por Cuenca como candidato cunero, quiso hacer méritos en el partido y se despachó con un «la responsabilidad política por la corrupción se salda en las urnas». Quiso salir en ayuda de su colega de Industria José Manuel Soria al destaparse sus negocios opacos en Panamá, y negó que el país centroamericano fuera un paraíso fiscal, solo tenía «una cultura tributaria diferente». También dijo que «no había culpa» del Gobierno en la tragedia del Yak 42, y la ministra de Defensa le dejó en evidencia con una petición de perdón.

Tampoco vio «trascendencia penal» en el borrado de los ordenadores del extesorero del PP porque es «normal que cuando un empleado se va, se limpian los archivos». La causa penal está pendiente de juicio en la Audiencia de Madrid.

Defendió que el magistrado Enrique López -«no es un facha», dijo- formara parte del tribunal del 'caso Gürtel', pero la Audiencia Nacional le ha apartado por sus vínculos con el PP. Defendió que se sancionara a los medios informativos que publicaran asuntos bajo secreto de sumario y propuso debatir sobre los límites a la libertad de información. Se tuvo que tragar sus palabras. Enfadó también a las mujeres de la carrera judicial con la tesis de que había pocas mujeres en el Tribunal Constitucional porque «los perfiles sénior son difíciles de encontrar entre las mujeres».

Una sucesión de charcos salpicados que, sin embargo, no le han pasado factura ante el presidente del Gobierno, al menos en apariencia. Rajoy se fijó en él porque quería un ministro discreto, de un perfil menos mediático que Alberto Ruiz-Gallardón y que no generara polémicas. El ojo del presidente deja que desear, al menos en este caso, aunque escogió un profesional que parecía discreto y había pasado por casi todo el escalafón desde 1988 en cinco ministerios. Desde subdirector general de Personal en Sanidad a director general de la Función Pública, y después subsecretario de Hacienda, y dos veces secretario de Estado de Justicia y de Infraestructuras.

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