SAYONARA, MUNDO

SAYONARA, MUNDO

La Cataluña independiente será reconocida por al menos once países de la Unión Europea y diecinueve latinoamericanos. Una potencia extranjera concederá a la nueva república una línea de crédito de 200.000 millones de euros. De la defensa se hará cargo la OTAN, coalición a la que Cataluña, país de estetas, contribuirá con ayuda humanitaria...

El exsenador de Esquerra Santiago Vidal iba diciendo estas cosas a finales de 2016 por los ateneos de Cataluña. Lo nimbaba todo con un brillo autorizado, confidencial, impresionante. Estos logros internacionales, explicaba, se debían al gran trabajo de Raül Romeva.

Aquello no eran extravagancias de Vidal. No eran solo suyas, quiero decir. En nada fue el 'procés' tan imbatible como en la producción de sobrentendido halagador. Y pocas veces se habrá visto un colectivo humano tan indefenso ante el autoelogio como el independentismo catalán.

Nombrado en 2015 consejero de Asuntos Exteriores del Gobierno de la Generalitat, Raül Romeva fue el encargado de internacionalizar el 'procés' y recabar apoyos para el país naciente. En 2017 contaba para ello con un Presupuesto de 67 millones. Buena parte se destinó al mantenimiento de una diplomacia paralela con catorce 'embajadas' en países como Estados Unidos, Alemania, Francia o Dinamarca.

«Cuando salimos fuera, todos nos dicen...». Era el tipo de proposición que se filtraba constantemente desde instancias oficiales y pasaba de los despachos a las tertulias y de ahí, quizá, al subconsciente colectivo de la mitad de la población. Lo que todos decían fuera era que los catalanes eran formidables y tenían al mundo asombrado, deseando colaborar, invertir, ser amigos, ir al parque a jugar con la nueva república.

La presencia de Raül Romeva al frente del «foreign office» (así lo llamaba a veces la prensa catalana) garantizaba el asombro del planeta. Su presencia literal. En noviembre de 2016 Gabriel Rufián contó en una charla en Barcelona cómo una funcionaria mexicana le reconoció que los argumentos del ministro Margallo se desvanecían en cuanto aparecía Romeva. Entre las risas del público, Rufián hizo gestos de lo alto, fuerte y guapo que es Romeva. «¡Por mí ya sois independientes!», dijo la funcionaria, según Rufián.

Y no hay duda de que Romeva es alto y bien parecido, tiene un cuerpo moldeado por la natación, habla un montón de idiomas, fue observador en Bosnia, navegó en el 'Rainbow Warrior' y como europarlamentario peleó duro para evitar la extinción del atún rojo. Feminista, 'casteller' y bailarín de lambada, es la versión adulta de esos chicos de los que se enamora Lisa Simpson. Su primera novela ('Sayonara sushi') era un 'thriller' medio erótico ambientado en el mundo de la inmigración ilegal y la pesca destructiva.

Pero triunfar en el tablero internacional no es triunfar en las noches de poesía de un pub con nombre hindú. Y la misión de Romeva, cuando se alejó de la propaganda, se llenó de portazos. A veces se los dieron periodistas, en directo, como Stephen Sackur de la BBC. A veces fue solo la realidad. En Estados Unidos Puigdemont no consiguió fotografiarse cerca de Jimmy Carter, un expresidente que no tiene reparo en salir en la tele lanzándose cuesta abajo con uno de esos patines de tres ruedas.

El 27 de octubre el Parlament declaró la independencia de Cataluña. Ni un solo país del mundo reconoció la nueva república. Romeva, como medio Govern, terminó en la cárcel. Un mes después, en libertad bajo fianza, omite los asuntos exteriores y se circunscribe a los interiores, anunciando, él también, que el franquismo ya está aquí.

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