El rostro inescrutable del nuevo 'presidente'

El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, pensativo durante un momento del debate de ayer. :: Óscar del pozo / afp/
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, pensativo durante un momento del debate de ayer. :: Óscar del pozo / afp

Frente a Albert Rivera, el líder del PSOE utiliza una ironía similar a la de Rajoy y le reprocha un «¡no me ha quedado claro qué va a votar!» Durante el debate, Pedro Sánchez no sonrió, aunque su tensión cedió cuando el PNV adelantó que apoyaría la moción

DOMÉNICO CHIAPPE MADRID.

Cuando empieza la tarde en el hemiciclo, permanece la seriedad tatuada en la faz de Pedro Sánchez. Ni una sonrisa. El líder del PSOE mira su móvil con menos frecuencia que el resto de diputados; prefiere escribir con un bolígrafo de tapa roja, aguanta estoico los insultos, a veces muy directos, muy ofensivos. Antes que el gesto elocuente, busca las miradas de sus oponentes. En ese juego sin inocencia, venció a Rajoy horas antes y lo emplea después con quienes tienen el turno de palabra. Permanente ceño fruncido y un escaso baile de cejas. Como parte de su estilo frontal, de la política del bisonte que practica, en la réplica con los diputados del grupo mixto, unos que le apoyarán y otros que no, les menciona por nombre y apellido, a veces mal pronunciado. Inflexible y tenso.

Rajoy se ausenta del campo de batalla el día de la gran derrota. Previsible. Minutos antes, Baldoví preguntaba de pie en el comedor: «¿Rajoy responderá?», y se respondía él mismo: «¡Rajoy no responderá!».

El relevo corresponde a Sáez de Santamaría, que llega 10 minutos tarde. En el hemiciclo hay quien ríe los cruces de ironías. En la mañana, por ejemplo, Montero celebraba con más ahínco las gracias de Rajoy que la propia Sáez de Santamaría, cuando el comentario mordaz va dirigido a Iglesias. Pero Sánchez no.

Sánchez practica la política del bisonte, con un juego visual que reta a su oponente, sea quien seaHay «vértigo», define Aitor Esteban, y sólo la diputada Lastar quiebra la seriedad y tensión al final de la tarde

Pero desde el mismo instante en que aparece en los principales periódicos que el PNV apoyará la moción de censura, Sánchez empieza un lento relajamiento. En el mismo momento en que aparece la noticia, formalizado el apoyo faltante sin vuelta atrás, los hombros de Sánchez caen unos centímetros, se encorva un poco. Pero sigue sin mostrar contento alguno. La sonrisa de la victoria no arruga sus mejillas. Con los titulares como sepultureros de Rajoy, el líder del PSOE deja de serrar sus molares. Ya no hay esos huesos en la mandíbula que sobresalen como limas recubiertas de piel. La propia fuerza de su voz pierde potencia. Ya no parece hablarle a un gigante y adopta una modulación un tanto condescendiente.

Con todas las cartas sobre la mesa, Montero se acerca a la fila que comparten PNV y Ciudadanos. Pregunta si hablarán, si demorarán. Aitor Esteban enseña el reloj y afirma. En su última réplica al grupo mixto, Sánchez parece cansado, como un equipo de fútbol que asciende de división a mitad de temporada. Por fin, con Esteban en el estrado para reafirmar lo que ya deslizaron a todos los medios de comunicación, Sánchez apunta en su libreta, levanta la vista cuando se pronuncia la palabra «moción» («si triunfa, si fracasa», dice Esteban), y vuelve a escribir y vuelve a buscar los ojos del orador. En ese ir y venir de su barbilla, Sánchez espera los primeros minutos de alocución.

El ansiado «sí»

El discurso de Esteban se alarga con una exposición ligera de motivos y Sánchez se muestra inquieto. Se cubre el mentón con los dedos, se alisa la corbata, pone el índice cerca de la nariz. Pero el rictus del rostro tenso se mantiene incólume. Ni un instante ha sonreído, durante las horas de debate. Practicará un remedo, un insípido estirar de labios, cuando Tardá le llame a convertirse en un «estadista». A esa hora, 18:30 horas, ya se ha escurrido un poco en el asiento, como si los músculos cedieran ante un ibuprofeno.

Durante la intervención de Esteban, Sánchez alterna poses de espera incómoda, hasta que oye el ansiado «sí». Sin embargo, ante el anuncio del «votando sí» del PNV, Sánchez no mueve ni un músculo. Lo ve como quien traspasa un vidrio. Dos horas más tarde, sonríe por primera vez por una ocurrencia de Adriana Lastra, secundada por Margarita Robles, y repite esa risa nerviosa tres minutos después. Pero danza en la ironía, que le faltó con Rajoy, ante Rivera: «No me ha quedado claro qué va a votar», finge una risa, y su público aprueba ese cambio de tono. Y cuando Rivera, en su segunda intervención, sí afirma con claridad cuál será el voto de Ciudadanos, Sánchez le replica: «Usted dice cosas que me causan hasta rubor».

El hombre inescrutable ahora cuenta con los votos para expulsar a Rajoy pero no para formar un gobierno fuerte. El hombre rígido parece no exteriorizar las emociones básicas, como si hubiera entrenado la inmutabilidad en el gimnasio de la oratoria. Pero la palabra que podría definir aquello que le atenaza la dijo también Esteban: «Vértigo».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos