La república catalana se diluye con el primer día laborable

Un retrato de Puigdemont cuelga
ayer de una pared en el interior
del palacio de la Generalitat.
:: Yves Herman / reuters
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Un retrato de Puigdemont cuelga ayer de una pared en el interior del palacio de la Generalitat. :: Yves Herman / reuters

La administración autonómica asume sin rebelión la destitución del desaparecido Govern

MELCHOR SÁIZ-PARDO

barcelona. Ni en la calle. Ni en los despachos. La república catalana se diluyó por completo el primer día laborable tras su proclamación el pasado viernes por la tarde. Ni en los escenarios más optimistas del Gobierno central se apuntaba una transición tan tranquila después de la aplicación del 155. Ayer -aseguraban desde Moncloa- iba a ser un día clave para saber hasta dónde estaba dispuesto el Govern y los departamentos más comprometidos con la independencia a rebelarse, o cuanto menos boicotear, la intervención del Ejecutivo central. Sin embargo, nada de nada. Los más de 160.000 funcionarios de la Generalitat trabajaron con «absoluta normalidad», según fuentes de la Vicepresidencia del Gobierno, asumiendo, sin demasiados problemas, la destitución de Carles Puigdemont y sus consejeros.

No dieron batalla ni los más radicalizados de algunas consejerías en las que el viernes se celebró con cava la proclamación de la república. Tampoco hubo 'alzamiento', tal y como temían en el Ejecutivo central, en varias oficinas periféricas de la Generalitat en provincias como Gerona, en las que, no obstante, siguieron en las paredes los retratos de los destituidos.

Según responsables de la Vicepresidencia del Gobierno y de la seguridad del Estado, la 'huida' de medio Govern a Bélgica dejó huérfanos a los funcionarios, sobre todo de las sedes centrales de las consejerías en Barcelona, que sí que estaban dispuestos a ofrecerse como 'escudos humanos' si llegado el momento los mandos destituidos decidían encerrarse en sus despachos.

Tres funcionarios del Gobierno tomaron las riendas de Economía tras la despedida de Junqueras Solo el consejero del Territorio apareció momentáneamente por su despacho

Pero no hubo nada de eso. Solo desconcierto. Los funcionarios más contumaces creyeron que la rebelión había comenzado cuando a primera hora de la mañana Puigdemont colgó en las redes sociales una imagen tomada desde el interior del Palau de Sant Jordi, dando a entender que estaba ya en su lugar de trabajo. Pero la añagaza tardó poco en descubrirse y nadie salió a la calle.

De todo el Ejecutivo destituido solo Josep Rull, consejero de Territorio y considerado uno de los representantes más radicales del cesado Govern, se presentó en su despacho. Rull, que el viernes se despidió de sus subordinados diciendo que volvería tras el fin de semana como «ministro de la república», también usó las redes sociales para anunciar su gesto de rebeldía. «En el despacho ejerciendo las responsabilidades que nos ha encomendado el pueblo», tuiteó con una foto en su lugar de trabajo y frente a un ordenador.

Su desafío le duró poco. Rull se fue para no volver cuando dos mossos le conminaron a marcharse tras recoger sus cosas y después de los avisos desde la Fiscalía y el Gobierno central de que estaba incurriendo en un delito de usurpación de funciones. Sus acólitos, listos para defender a su consejero rebelde, se quedaron con un palmo de narices y volvieron a sus ordenadores.

El Ministerio del Interior, con el control total de los Mossos desde horas después de aplicar el 155, tenía, no obstante, previsto un «plan de contingencia», que no tuvo que poner en marcha, para el caso de los destituidos intentaran ponerse al frente de un levantamiento. La instrucción a los policías autonómicos era literalmente: «Los exconsellers pueden ir al despacho a recoger sus cosas. Lo harán acompañados por un mosso. Si se niegan a irse, el mosso tiene instrucción de levantar atestado para el juez y fiscal».

Ese plan tenía que aplicarse también al propio Puigdemont, que no llegó a poner un pie en el Palau, y al vicepresidente. Pero Oriol Junqueras solo se personó en la Consejería de Economía por la tarde para despedirse, dejando así claro que el máximo dirigente del destituido Govern que quedaba en Cataluña también parecía asumir su cese y que no se había quedado en Barcelona para encabezar ninguna revuelta, sino para reunirse con la dirección de Esquerra y hablar de las elecciones. Solo minutos después de la despedida de Junqueras, tres representantes del Gobierno central entraron en el edificio para ir preparando la intervención del departamento.

La normalidad se impuso en toda la administración autonómica sobre todo porque los 'número 2' de los cargos destituidos se avinieron a tomar las riendas de los departamentos. Destacado fue el caso tanto de la mano derecha de Junqueras, Lluís Juncà, como el del secretario de Economía, Pere Aragonès, que trabajaron con normalidad bajo la tutela del Ejecutivo central.

Sin duda también ayudó a esta normalidad la desconvocatoria de la huelga general anunciada por el sindicato Intersindical-CSC. La central, que pretendía iniciar el paro este mismo lunes y hasta el 9 de noviembre, desconvocó la huelga hasta, al menos, 6 de noviembre. La imagen de un paro generalizado como el que se vivió el pasado 3 de octubre en protesta por las cargas policiales del 1-O era otro de los escenarios que más temía el Ejecutivo.

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