RENDIR POLÒNIA

RENDIR POLÒNIA

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Si la catalanofobia ha borboteado en los suburbios de la vida española, la admiración por Cataluña, y en especial por Barcelona, ha triunfado históricamente en su exacto reverso sociológico. Repasen las fobias internas que se dan en otros países y verán que no es tan frecuente. Limitándonos a las últimas décadas, Barcelona fue en los setenta el símbolo mismo de la inteligencia y la libertad. En los ochenta, el de la modernidad y la pujanza. Algo de esa energía prestigiosa -y probablemente acrítica- llegó entrados los noventa hasta la producción televisiva.

La televisión nacional era entonces un tumulto de mamachichos, misisipis y chistes de gangosos. Mientras tanto, llegaban desde Barcelona noticias de presentadores que se vestían como creativos de Manhattan y hacían programas dinámicos, muy cuidados. «Humor inteligente», se decía. A veces llegaba también el eco refrescante de alguna transgresión. En 1995, Jordi Pujol se disculpó ante la Casa Real por un monólogo del escritor Quim Monzó en 'Persones humanes', el programa de las noches de TV3. Lo presentaba Mikimoto. Uno de sus colaboradores era Buenafuente. Uno de los colaboradores de Buenafuente era Toni Soler. No es casualidad, solo endogamia. Se impone, por lo visto, en el audiovisual catalán.

Veinticinco años después, Toni Soler no es un humorista, sino un ministerio unipersonal de Humor, Información y Propaganda. Indepe de primera hora (ha avisado a «los oportunistas» de que tendrán «lo que merecen» si intentan hacerse la foto junto a «los vencedores»), su presencia se ha multiplicado con el 'procés'. Soler escribe columnas en las que compara unionistas con «buitres», inunda de doctrina a sus 300.000 seguidores en Twitter y aparece como tertuliano en RAC1 y TV3, la misma televisión en la que presenta un informativo satírico, 'Està passant', cuya objetividad ha sido comparada por Ferran Monegal con la de «una trinchera».

«Ya no es un humorista sino un ministerio unipersonal de Humor, propaganda 'indepe'

Sergi Pàmies ha señalado el «insólito furor acumulativo» de Soler. Nadie factura tanto a la televisión pública como su productora. 65 millones desde 2007. El grueso corresponde a uno de los estandartes de TV3, 'Polònia': media hora semanal de grotesca sátira política, una especie de 'Spitting Image' con actores en lugar de marionetas.

'Polònia' tiene un justo prestigio. Su historia es talentosa, incómoda, brillante. Y el alcance de su parodia mucho más transversal de lo que a veces se cree. Sin embargo, tampoco eso ha resistido al 'procés'. En sus once años de existencia, solo una vez la actualidad les ha resultado insoportable: el pasado 2 de noviembre, cuando Junqueras y ocho consejeros del Govern entraron en prisión cautelar. «No hay programa, no hay ganas de broma. Nos vamos a las calles», tuiteó Soler, alimentando la movilización con el combustible de un prestigio. Algunos espectadores recordaron entonces el cartel que se mostraba en 'Polònia' tras los atentados de ETA. «Que un atentado no nos quite el sentido del humor». Y entraba el siguiente 'sketch'.

Entre las colisiones catastróficas que la realidad propicia, la del humorista que se estrella contra la solemnidad causa una especial melancolía. ¿Acaso no consiste su oficio en burlarse también del discurso dominante que más fuerza de atracción ejerce sobre él? Quedarán jirones de admiración entre los cascotes del 'procés'. Y no tendrán que ver con el odio, sino con la decepción. Al mirar de cerca, hemos descubierto un viejo espejo oxidado donde un día hubo una ventana por la que quizá todos pudimos escapar. Cabe otra posibilidad respecto a esa ventana, y es peor: nunca existió.

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