El relato del independentismo catalán gana terreno en Europa

Carles Puigdemont, el pasado 6 de abril, a su salida de la prisión de Neumünster. :: Daniel Bockwoldt / AFP/
Carles Puigdemont, el pasado 6 de abril, a su salida de la prisión de Neumünster. :: Daniel Bockwoldt / AFP

Exteriores prepara una ofensiva diplomática para contrarrestar el efecto de la liberación de Puigdemont por un tribunal alemán

ANDER AZPIROZ MADRID.

«El partido de Cataluña no se juega en casa, se juega fuera». Esta afirmación pertenece al exministro José Manuel García-Margallo, quien mientras estuvo al frente de Exteriores se aplicó a fondo para contrarrestar el independentismo más allá de las fronteras españolas. «La viabilidad y el reconocimiento de una Cataluña independiente depende de dos cosas: el reconocimiento internacional y la pertenencia a la Unión Europea. Y ambos asuntos se incluyen en mi cartera ministerial», aseguraba.

Durante los casi cinco años en los que dirigió la diplomacia española se ganó esa batalla. Todos los intentos de Carles Puigdemont, por entonces presidente de la Generalitat, de ser recibido por mandatarios europeos cayeron en saco roto. Solo el venezolano Nicolás Maduro amagó con reconocer a una Cataluña independiente, y lo hizo más por meter en el dedo en el ojo a Mariano Rajoy que por complicidad con la causa independentista.

Pero las tornas comenzaron a cambiar el 1 de octubre. Las imágenes de las cargas policiales durante el referéndum ilegal llenaron las portadas de los medios de toda Europa y, por primera vez, surgieron voces de condena al Ejecutivo español sobre un conflicto que hasta entonces se había tratado como un asunto interno. Entre otros, el primer ministro belga, Charles Michel, señaló que «la violencia nunca puede ser la respuesta» y realizó una llamada al diálogo político; la primera ministra escocesa, Nicola Sturgeon, exigió que se dejara votar a la gente y el líder laborista británico, Jeremy Corbyn, instó a su Gobierno a solicitar a Rajoy que pusiese fin a la violencia.

El propio Ejecutivo ha reconocido que las imágenes del 1-O fueron un varapalo para su prestigio. El independentismo se encontró una oportunidad perfecta para magnificar su relato del pueblo oprimido y golpeado al que no se le permite votar. Aún hoy, los sucesos de aquella jornada y los 800 heridos, según las cuentas de los secesionistas, son una de las principales razones que esgrimen Puigdemont y los suyos en contra el Estado español.

La fuga del expresidente catalán y cuatro de sus exconsejeros fue el siguiente golpe a la imagen exterior de España. El líder independentista ha logrado mayor atención vendiendo su papel de exiliado que la que tuvo al frente de la Generalitat. Desde que huyó de la justicia el 29 de octubre, ha paseado su mensaje por Bélgica, Dinamarca, Finlandia y ahora Alemania. La decisión del tribunal de Schleswig-Holstein de dejarlo librey descartar el delito de rebelión ha sido la puntilla al permitir al independentismo lanzar el mensaje de una supuesta caza de brujas de la justicia española sin base legal ninguna. Es lo que afirman Puigdemont en Alemania, Marta Rovira en Suiza, Clara Ponsatí en Escocia o Meritxel Serret, Toni Comin y Lluis Puig en Bélgica.

Perfil técnico

Con la elección de Alfonso Dastis para sustituir a Margallo, Rajoy apostó por un perfil técnico en vez de político para dirigir la diplomacia española. El titular de Exteriores se ha mostrado mucho más cauto en sus movimientos que su antecesor. Tras la aplicación del artículo 155, Dastis se ha aplicado a fondo en la liquidación de Diplocat, la estructura creada por Artur Mas en 2012 «para desarrollar una estrategia de diplomacia pública y contribuir al conocimiento y reconocimiento exterior del país». Pero en lo relativo a los fugados, la diplomacia española se ha visto sobrepasada.

Para recuperar el terreno perdido, Exteriores prepara una ofensiva a través de las embajadas en Europa. El objetivo es justificar las acusaciones que pesan sobre los fugados e insistir en la necesidad de que sean juzgados. Se trata, en definitiva, de contraponer el relato del Gobierno al del independentismo y evitar que se repitan declaraciones como la de la ministra de Justicia alemana, que consideró «absolutamente correcta» la decisión del tribunal de sobre Puigdemont.

Como sostiene Margallo, no existirá una república catalana mientras ningún país la reconozca. Pero los gobiernos dependen de su opinión pública, y esta cambia a favor de un independentismo que parece haber encontrado una fórmula para vender su mensaje.

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