EL RELATO

IGNACIO MARCO-GARDOQUI MARGARITA SÁENZ-DIEZ

La capacidad de los nacionalistas para fabricar y propagar imágenes es increíble. Lo digo con admiración y envidia, que conste. Ahora resulta que lo único importante que sucedió el domingo en Cataluña es que hubo brutalidad policial, desmesura en la represión de una población desarmada y pacífica, que pasaba un día festivo en familia. No hace falta que lea la prensa catalana, puede darse una vuelta por los principales diarios de Europa y comprobará que ese es el relato triunfador.

De repente, el hecho de que sucediera un referéndum que había sido declarado ilegal por todos las instancias judiciales, habidas y por haber, carece de importancia. De repente, el hecho de que el referéndum violase leyes que ocupan varios tomos del Aranzadi carece de importancia. De repente, carece de importancia que no hubiese censo, ni sindicatura, ni papeletas. Eso se le puede achacar a la voluntad del Estado por impedirlo y no a la de los convocantes. Pero, de repente, carece también de importancia que las urnas fueses opacas y llegasen a los centros llenas ya de votos, que se pudiese votar una y otra vez hasta aburrirse, que se pudiesen introducir papeletas en plena calle y que, venciendo a las leyes de las matemáticas, el recuento de los votos sumase más del 100%. De repente solo tiene importancia la actuación policial.

¿Pero, cómo de brutal fue su actuación? La Consejería de Salud de la Generalitat informa de 893 heridos, de los cuales cuatro necesitaron ser internados. Cuatro heridos son un número excesivo de heridos y se deberían haber evitado, pero, una de dos, o los servicios de salud de la Generalitat hacen milagros o cuatro ingresos en una operación para impedir el voto de más de 2.200.000 de votantes (lo dicen sin sonrojarse) desarrollada ante la pasividad de los Mossos, no parece el resultado de la batalla del Marne.

En cualquier caso, los nacionalistas han ganado la 'posición' y han impuesto su relato. Lo cual complica -hasta hacerla inviable, creo-, la opción de insistir en la fuerza para mantener el derecho. Máxime, cuando Pedro Sánchez es un apoyo tan poco fiable por lo voluble. Puigdemont plantea someter la disputa a un arbitraje internacional. Glorioso. ¿Cree usted que el Reino Unido admitiría un arbitraje internacional sobre Irlanda del Norte, o Francia sobre Córcega; o Bélgica sobre Flandes; o Italia sobre la Padania; o Alemania sobre Baviera; o los Estados Unidos sobe Texas?

¿Qué queda? Descarte que los muchos más de 2.200.000 catalanes que no fueron a votar vayan a salir a la calle a defender sus derechos pisoteados en un referéndum ilegal y descarte la posibilidad de mirar para otro lado y dejar que la situación se pudra, con los funcionarios sin cobrar sus sueldos, ni los pensionistas su pensión. Con empresas cerradas ante el boicot comercial del resto de España y su negativa a admitirlos en la Unión Europea, con los mercados financieros cerrados ante el aumento de la prima de riesgo. Descártelo, es demasiado horrible.

¿Qué queda? Según el lehendakari queda un referéndum pactado y con garantías. Y se pregunta ¿Dónde está el problema? Se lo digo, en el artículo dos de la Constitución que le ampara. ¿Qué hacemos con él, lo incumplimos o lo eliminamos?

El referéndum del 1 de octubre en Cataluña no fue legal. Ni se dio el marco jurídico ni las condiciones técnicas para que lo fuera. El recuento fue discutible y el porcentaje de participación difícilmente cuantificable, pero el grado de desobediencia civil demostrado, que continúa, exige reconsiderar la situación, sin líneas rojas trazadas de antemano.

Una parte muy significativa de los catalanes entonaron el domingo el «no pasarán», otros con su lógico rechazo a bendecir la consulta se negaron a depositar su papeleta en unas urnas que muy poco podían garantizar. Otros más, también tropel, se refugiaron en el silencio. Pero si no todos, una gran mayoría continúa dispuesta a no obedecer. Y este es el reto más preocupante.

Hoy en Cataluña no para de crecer el número de los que están dispuestos a afrontar penalidades en busca de un objetivo utópico que, tarde o temprano, se demostrará penoso. Pero la sacudida ha sido tan enorme que ya no valen los remedios habituales ni, por supuesto, los mismos interlocutores.

La violencia practicada por los cuerpos de seguridad del Estado se ha situado como protagonista del relato. Usaron la fuerza de manera desmedida, ha denunciado Amnistía Internacional, y los Mossos evidentemente exhibieron un trato en exceso complaciente. El cruce de denuncias no ha hecho más que comenzar, pero la deriva de la Justicia toma su tiempo y la desobediencia civil toma carta de naturaleza en la autonomía catalana, mientras se proclama como un valor indiscutible.

La huelga general anunciada para hoy ha encontrado graves reticencias en los dos sindicatos más potentes, UGT y CC.OO. Pero el alcance de su seguimiento será otra toma de la temperatura que alcanza la insumisión. Y no digamos la prevista declaración unilateral de independencia que puede aprobar en breve el Parlament, una vez que el Gobierno de Puigdemont diera como «válidos y vinculantes» los resultados del domingo.

Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, ha interpretado el sí a la independencia como el rechazo a lo mucho que España puede ofrecer al mundo desde una articulación «de unidad y pluralidad que tan pocos países han sabido engarzar». Pero éste no ha sido el discurso predominante de la Marca España, como tampoco la defensa de los valores federales y de los estímulos que provocan las diferencias.

El independentismo ya ha avisado que el domingo fue solo el comienzo, a menos que la necesidad de pactos empiece a actuar con total urgencia. El reto se dirige también al Partido Socialista y ahí Pedro Sánchez podrá emplearse a fondo. La defensa del Estado, con ser importante, no ha de relegar las demandas de los ciudadanos.

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