RAJOY, HASTA EL FINAL

La herencia no es desdeñable porque deja la economía en recuperación y el partido con el pulso débil pero ordenado

JUAN CARLOS VILORIA

Mariano Rajoy Brey ha sido Rajoy hasta el final. Fiel a sí mismo y fiel a un estilo del que no se ha apartado ni en los momentos más adversos de su larga carrera política. Aferrado al sentido común que ha sido su divisa. El sentido común aconsejaba ahora dejar el liderazgo al frente del Partido Popular porque la fatiga de materiales no le permitiría un nuevo asalto a la Moncloa. Y la derrota ante Pedro Sánchez en la moción de censura había confirmado ante los suyos que el jefe había perdido músculo, reflejos y capital político. Él también lo sabía. Un poco tarde, pero lo sabía.

Y no se lo ha pensado dos veces. Ha dicho adiós. Pero el sentido común, el ser previsible, el perfil bajo ideológicamente hablando, la mínima gesticulación, el manejo de los tiempos siempre a favor de reloj, también ha sido paradójicamente su punto débil. Porque le ha impedido adaptarse a una sociedad cambiante desde el momento en que el tsunami de la crisis movió el suelo bajo los pies de la clase media nacional. El sentido común también le impidió cortar en seco el gallinero de dirigentes subidos al tigre de la comisión y la financiación irregular el partido. Ese mirar por encima de las gafas y relativizar el problema de la corrupción con la coartada de que «solo son unos cuantos» no le dejó ver que se preparaba un cóctel políticamente letal.

El goteo de imputaciones no hizo más que añadir combustible a la bomba que había dejado en la Puerta del Sol el movimiento de los indignados. Y la cascada de desahucios metió el miedo en el cuerpo de la antigua clase media que empezó a buscar angustiosamente un chivo expiatorio para sus males. Obstinado en que su receta de recuperar el empleo perdido en la crisis sería el mejor remedio para el desgaste de un PP que ganaba elecciones pero perdía cuota electoral, se olvidó, emocionalmente hablando, de la gente.

Se va en estos últimos días de la primavera borrascosa el presidente menos mediático de la democracia. Su buena dialéctica parlamentaria no podía ocultar su incapacidad para la empatía con el pueblo llano. La cámara no le quería y él tampoco quería a la cámara. Y en una democracia mediática mantenerse con ese lastre en la Moncloa ha sido de un mérito descomunal. El éxito de 2016 recuperando la presidencia con el apoyo de Ciudadanos y la abstención de una parte del PSOE después de tener que repetir las elecciones, fue uno de sus mayores logros y, probablemente, le hizo confiarse y no afrontar la asignatura que tenía pendiente: refundar el partido y soltar lastre.

Ese 'tancredismo' le ha permitido mantenerse en la política española, tan agitada, durante treinta años. Y para guinda de su carrera el desafío independentista. No lo ha tenido fácil 'don Tancredo'. Y, pese a todo, la herencia que deja no es desdeñable porque la economía española está en pleno esfuerzo de recuperación y el partido, aunque con el pulso muy débil, está ordenado. Falto de liderazgo alternativo y de ideas renovadoras, pero cohesionado.

Probablemente Rajoy tenga la tentación de apostar por Núñez Feijóo como relevo y sugerirle que a las dos lideresas enfrentadas, Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría, les mantenga en la cúspide de la pirámide. No creo que sea buena idea. Feijóo, un solvente político periférico, es más de lo mismo. Y lo que el PP necesita precisamente no es otro Rajoy sino alguien que revolucione el centro derecha y apunte al futuro. Un poco menos de sentido común y algo más de innovación y modernidad.

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