Rajoy completa su retirada política con la renuncia al escaño del Congreso

El expresidente también desiste de ingresar al Consejo de Estado y se reincorpora al Colegio de Registradores

RAMÓN GORRIARÁN

madrid. El 1 de junio fue el último día en que Mariano Rajoy pisó el Congreso. Ese día se votó la moción de censura que supuso su desalojo de la Moncloa para dejar paso a Pedro Sánchez. Dejó el palacio de la carrera de San Jerónimo sin hablar, con la cara crispada y frenando unas lágrimas que querían salir. Ponía punto final a 32 años de diputado, carrera que inició en 1986 cuando obtuvo el escaño como cabeza de lista por Pontevedra en las listas de Alianza Popular. Ayer comunicó a la presidenta del Congreso su renuncia al acta parlamentaria.

Una vez que su baja sea efectiva, solicitará el reingreso en el Colegio de Registradores de la Propiedad, al que entró en 1979 con 24 años después de ser con el número uno en las oposiciones. Como suele recordar con orgullo, fue el más joven en lograrlo hasta entonces. Su primer destino fue Padrón, en La Coruña, y el último y en el que tiene plaza en propiedad en Santa Pola, en Alicante. La recuperación de su vida profesional supone que renuncia a formar parte del Consejo de Estado, institución a la que tienen derecho a incorporarse todos los expresidentes del Gobierno aunque ninguno lo ha hecho. También renuncia a los 100.000 euros anuales de sueldo como consejero.

Completa así la prometida retirada de la política que anunció el 5 de junio ante la dirección del PP y ratificó el pasado lunes ante la Junta Directiva Nacional del partido. No quería ser José María Aznar y lo ha cumplido. El que fuera presidente de honor del PP nunca regresó al Cuerpo de Inspectores de Hacienda, y desde su atalaya de la fundación FAES pretendió tutelar la gestión del que había designado su sucesor en 2003. Hasta que se consumó la ruptura personal y política entre ambos hace dos años. Rajoy subrayó esta semana que no ejercería «ningún tipo de tutela» sobre el líder del partido que elijan los militantes el 5 de julio y que deberá ser ratificado en segunda vuelta por los compromisarios del congreso el 21 de julio.

Se va con todas las de la ley, aunque todavía seguirá al frente del partido hasta que culmine el proceso de su relevo, pero va a estar apartado del día a día y de las estrategias de oposición. Pudo volver al Congreso en el pleno del pasado martes, pero prefirió dejar vacío su escaño como presidente del grupo popular. Ni quería ver a Pedro Sánchez como presidente del Gobierno ni quería que le vieran como líder de la oposición. Sigue convencido de que la moción de censura fue una maniobra espuria aunque fuera un mecanismo constitucional.

Los antecesores

Entre sus antecesores la trayectoria es dispar. Adolfo Suárez dejó el Congreso para volver como líder del CDS; Leopoldo Calvo Sotelo se fue a su casa; Felipe González dejó la secretaría general del PSOE en 1997 pero retuvo el escaño hasta 2004, aunque apenas apareció por el Congreso; Aznar también dejó la Cámara a la vez que la Moncloa, y Zapatero siguió el mismo camino.

Rajoy cierra una dilatada carrera que empezó como concejal de Alianza Popular en Pontevedra. Siempre que puede cuenta que pagaba carteles electorales, «pero a partir de las diez de la noche, después de estudiar las oposiciones». Además de edil, fue diputado autonómico en las primeras elecciones autonómicas gallegas en 1981; presidente de la Diputación de Pontevedra entre 1983 y 1986, una de sus mejores etapas políticas, según ha dicho muchas veces; de ahí pasa a diputado en el Congreso; ministro de hasta cuatro carteras y vicepresidente del Gobierno de José María Aznar; líder de la oposición y presidente del Gobierno.

Con el abandono del Congreso se marcha uno de los mejores parlamentarios de los últimos años, un reconocimiento de los suyos, pero también de la oposición. Los socialistas temían su retranca en la tribuna de oradores y su precisión con los datos. Armas con las que hizo sufrir a José Luis Rodríguez Zapatero, Alfredo Pérez Rubalcaba y Pedro Sánchez. Poco amigo de los exabruptos, aunque como líder opositor tachó de «bobo de solemnidad» a Zapatero, al que también acusó de «traicionar a los muertos» por abrir una negociación con ETA.

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