PUIGDEMONT, EN MOVIMIENTO

Logra superar a Junqueras planteando el 21-D como un plebiscito sobre su persona

JUAN CARLOS VILORIA

El fugitivo de Bruselas ha rentabilizado la huida del lugar del crimen. Puigdemont logró llevar ayer a las urnas una marea de votos de todo el espectro nacionalista convirtiendo su lista en un movimiento popular inesperado y de futuro inquietante. El soberanismo sociológico premió paradójicamente la fuga «cobarde» por encima de la dignidad y la coherencia del republicano Junqueras. Y premió su discurso victimista, sus falsedades y su mística independentista. Ninguna factura electoral por su desastrosa gestión del 'procés' y ni siquiera su grave error de no convocar las elecciones como president de la Generalitat. Lo cierto es que a mil trescientos kilómetros de distancia ha sabido conectar mejor que su competidor de ERC con las emociones de un soberanismo frustrado por la aplicación del artículo 155. Otro acierto del cesado president ha sido improvisar una campaña electoral tapando cualquier alusión a la vieja Convergencia, ocultando a Artur Mas y su imagen desgastada, para envolverse en una épica patriótica y calentando a sus seguidores con el agravio de los «enemigos de Cataluña».

Este éxito indiscutible manteniendo para sus huestes la hegemonía del mundo nacionalista en Cataluña amenazado por Esquerra le convierte de facto en el nuevo líder del PDeCAT, en el supuesto de que su objetivo sea capitanear esa formación. Porque es más que probable que Puigdemont tenga ahora la tentación de articular sobre la base de los votos y escaños conseguidos un nuevo «invento» con el que actuar sobre la política catalana y mantener la ficción republicana y el horizonte de la independencia. Aunque Artur Mas, Marta Pascal y el resto del aparato de la antigua Convergencia habrán sentido esta noche un escalofrío al imaginar hasta dónde les puede intentar llevar un líder radicalizado, crecido y enfurecido como el exalcalde de Girona. Todo su programa de campaña se resume en la reclamación de su legitimidad como president, «ilegalmente depuesto» y su convencimiento de poder recuperar el Palau de San Jordi con el apoyo del «pueblo de Cataluña». Planteando como un plebiscito sobre su persona las elecciones autonómicas, Puigdemont ha logrado desatar un fervor religioso en una parte del electorado por encima de cualquier consideración pragmática que ha sorprendido a sus propios compañeros de partido. Pero el futuro es un laberinto porque no hay que olvidar que si sus errores pueden quedar amortizados políticamente hablando, el éxito electoral no zanja el problema desde el punto de vista judicial. El Gobierno de Rajoy tiene a partir de hoy un peliagudo problema ante esta interferencia político-judicial cuyo desenlace añade incertidumbre y suspense a la ya endiablada cuestión catalana. Y no será fácil de gestionar porque el Estado de derecho no puede abdicar de sus responsabilidades aunque las urnas aconsejen mano izquierda.

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