LA PROVOCACIÓN COMO ESTRATEGIA

ALBERTO AYALA - ANÁLISIS

Hay que admitirlo. Carles Puigdemont lo está consiguiendo. El destituido president de la Generalitat catalana sigue convirtiéndose, día sí día también, en el gran protagonista de la vida política española. Como era y es su objetivo.

A ninguno de los grandes partidos de ámbito estatal les conviene esta situación. Y otro tanto cabe decir de un PNV que aguarda ansioso a que se consiga una mínima normalización en Cataluña para retomar sus provechosos negocios políticos con el PP de Rajoy. O de una ERC que parecía apostar por ir rebajando progresivamente la tensión a orillas del Mediterráneo para llegado el momento virar hacia la izquierda, hacia los 'comunes', su estrategia de pactos. Pues bien, de momento, gana Puigdemont pierde el resto.

El expresident es más que consciente de que la única estrategia política que le sirve es la de la provocación y la desestabilización permanentes. Si Cataluña comienza a normalizarse, empezará a ser pasado. En cambio, mientras siga el 'cuanto peor, mejor', que tan bien conocemos por estas tierras de hace no demasiado, el dirigente neoconvergente seguirá políticamente en el candelero.

De momento, ya tiene lo que deseaba: desde ayer es el único candidato oficial a president de la Generalitat, según anunció Roger Torrent una vez concluida la ronda con los partidos. El nuevo president del Parlament dio un argumento para justificar su decisión: Puigdemont es el aspirante que más apoyos suscita. Pero olvidó otro igual de cierto y bastante más relevante: 'su' candidato no podrá ser investido en las actuales circunstancias. Como le han recordado los letrados de la Cámara catalana, esos a los que él y su partido, ERC, prometieron obedecer hace tan solo unos días, la Mesa no puede aceptar la delegación de voto de los cinco diputados huidos ni una investidura telemática a distancia.

Como es evidente que el Constitucional paralizará todo el proceso tan pronto la Mesa ponga fecha al Pleno y/o acepte la delegación de voto o la vía telemática, lo que podría ocurrir hoy mismo, Puigdemont, siempre atento, decidió mover ficha.

Ochenta días después de su huida a Bélgica, el expresident viajó ayer a Copenhague para pronunciar una conferencia en la Universidad, a riesgo de que España reactivara la euroorden contra él y fuera detenido hasta que un juez danés decidiera sobre su entrega a España. ¿Objetivo? Lograr ruido mediático y una justificación de por qué no da la cara y regresa a Barcelona para defender su investidura en persona, aunque sea detenido, que lo sería.

El ruido, las cámaras de televisión, los flashes, los micrófonos, sobra decirlo, los consiguió. Pero el magistrado del Supremo que lleva el caso le chafó la segunda pretensión.

El juez Pablo Llarena rechazó la petición de la Fiscalía de reeditar la euroorden de detención contra el político catalán por razones jurídicas como que en unos meses, cuando la investigación avance, serán aún más palmarias las acusaciones contra él. Pero sobre todo, políticas: no regalar una justificación a Puigdemont para su no regreso a España y para seguir mareando la perdiz en instancias internacionales.

El agotador folletín catalán suma y sigue. Y no olviden que si ERC sigue plegándose a los neoconvergentes no cabe descartar otras elecciones.

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